Alto guiso

//Por Leonel Kodnia //

 

What is a man,

If his chief good and market of his time

Be but to sleep and feed? a beast, no more.

William Shakespeare, Hamlet, Act. IV, Esc. 3

¿Qué es el hombre

si su principal bien y el empleo de su tiempo

no es otra cosa que dormir y comer? Una bestia, no más.

 

La pregunta por el hombre ha sido, y sigue siendo, estratégica en cualquier filosofía. ¿Qué es el hombre? es la borra de café que compone todo pensar y actuar humano. Algunos asumen su destino humanístico con honra y disciplina, otros lo soslayan, sin advertir, al menos, que es imposible evadir está pregunta. Recuerdo intuitivo, y cito de memoria, las palabras de Pascal en los pensamientos: “el hombre es solo un junco; pero un junco que piensa”. Contemporáneo a Shakespeare, a Bacon y a tantos otros. Pienso en lo que se ha buscado encontrar en el hombre, detrás, que lo supedita en su inaudita dignidad; que lo solidifica en la evolución. Aventurarse rápidamente a responder: la razón, es muy hábil y disciplinado; es lo qué Platón, Aristóteles, Santo Tomás, Agustín, y tantos otros, conexos o no, hubiesen querido. Pero a pesar de tan admirable adecuación a la tradición, responder la taxativa “razón” encubre un pequeño descuido: la supervivencia. Y me refiero a que el hombre, por más racional que se aduzca, por más logocentríco que se imagine, quiere vivir. Y quiere vivir como cuerpo, no como razón sabelotoda. Quiere que su cuerpo unido a eso que se piensa siga siendo, por siempre. Es hermosa la trascendencia de la razón, las vueltas inexpugnables de la conciencia “intelectiva”, pero el hombre quiere vivir, vivir por siempre, carne y hueso hundiéndose en eso que llaman vida. Y a esto me refiero que, y parafraseo a Unamuno en el Sentimiento Trágico de la Vida  “qué tanto nos preguntamos por distinguirnos de los animales por nuestra razón, qué sabemos si un cangrejo resuelve ecuaciones de segundo grado, nunca lo he visto, no lo sé; pero nunca los he visto llorar, apenados, por nada”. Nunca vi a Napoleón pararse ante un ocaso que lo inmensa y suspirar su finitud y apegarse a las suelas que por ese instante son las que tocan el suelo, y no los talones. Y descubrir en ese luminoso y ocre estadio que uno está vivo, y quiere seguir estando así. Que uno no puede, que se lo permiten, seguir vivo. Y de pronto el cuerpo se va inclinando, un poco más; el dedo gordo se despega de la tierra; un poco más, los callos en las bases de los dedos; y así como si nada está boca arriba, mirando los parpados. Y todo eso en un ocaso, en un instante. No creo que los perros tengan esa sensación.

Me vuelvo a reflexionar. Hamlet se equivoca. O entiende desde otro plano. Gracias a la bestia soy y sigo siendo. Gracias a la bestia quiero vivir y me permito cambiar todo por seguir así. La bestia que vive adentro, deseosa de alimentarse si no es de otra cosa que de vida, ese guiso sustancioso que nos licúa, nos ingresa lentamente. Ese guiso que también supo ver Esaú:

Me estoy muriendo”  dijo Esaú. ¿De qué me servirá ese derecho? Pero Jacob insistió: Júramelo antes. Él se lo juró y le vendió su derecho de hijo primogénito. Jacob le dio entonces pan y guiso de lentejas. Esaú comió y bebió; después se levantó y se fue. (Gn 25,27-34).

Todo por un guiso de lentejas. Esaú entendió mejor que nadie que eso que toda racionalidad está debajo de otra cosa: la vida. Hurras a la bestia que nos permite sobrevivir. ¿Acaso la últimas de las noches de Jesús antes sus discípulos no fue una cena? ¿Acaso no eligió Dios incorporarse en el tiempo de los humanos “muriendo” como un animal? Felix culpa que merecimos un cordero, una bestia de redentor y no un sabio supremo de los logaritmos, silogismos y ecuaciones. Una bestia que comía con putas y publicanos; una bestia que furioso como un toro rompía las mesas de los usureros en los templos; una bestia que le dijo a Magdalena: vos vas a ser la primera; una bestia que hacía más vino en las fiestas; una bestia que murió como una bestia, lanzado como una bestia, desangrado como una bestia. Esaú entendió antes que nosotros que solo el instinto nos mantiene de pie a pesar de que nos hayan hachado la corteza.

Dios vino en forma de animal a la tierra, al tiempo, vino en forma de bestia que se tragó un logos. Un logos en forma de olor, y carne, y descomposición. Un logos que se pasó a bestia y quiso seguir como bestia. Y qué mal que hacemos querido Esaú, querido, Jesús, en transformarte en nuevamente en un logos. Te hemos vuelto una Substancia animal de naturaleza racional; y te hacemos liturgia, pero no celebración; te hacemos canon, pero no ritual; te hacemos letra; pero no espíritu; imagen de un fuego, como una pintura en la pared. Pero donde está la bestia, el animal que engulle con pasión ese vino de la tierra, ese pan que se divierte en fragmentarse y tirarse contra la mesa, salpicarse. Dónde la bestia que se apega a la caricia más elemental: la comprensión; dónde la bestia que se abalanza de amor, se hincha, dónde la bestia. Ven, si no fuéramos bestias no seriamos hombres.

¿Qué es el hombre, querido Hamlet? Ya lo dijiste: una bestia. Gracias por recordarlo.

 

LK

 

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