Así comienzan los cismas

Por Agustín Podestá// 

El debate por la “separación” de la Iglesia del Estado, y las recientes misas y reuniones de obispos y miembros de la Iglesia con distintas agrupaciones y actores sociales, ha puesto nuevamente de manifiesto las diferentes posturas que los católicos poseen respecto a la relación entre religión y política. Francisco mismo se presenta como paradigma del anuncio del Evangelio en un mundo agitado, demandante y heterogéneo.

Sin embargo, estas posiciones, a menudo polarizadas y parciales, corren el riesgo de comenzar a disociar el mensaje núcleo del Evangelio, de la acción social propia de la Iglesia. No comprender la hondura del pastoreo magisterial, puede llevar a pensar que estamos a las puertas de actitudes con gustito a cisma.

 

“Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios” (Mt 22, 21)

Un cisma es una ruptura hacia adentro de la Iglesia católica, donde una o más personas determinan que por su postura, especialmente en el terreno de la dogmática (nótese que no digo “moral”, ya que la moral en este caso, sospecho, se desprende, en realidad, de una errónea interpretación dogmática) no se corresponde con la enseñanza de la Iglesia católica y con su Tradición viva. A raíz de estas diferencias determinan separarse de la Iglesia y formar una nueva, o bien, replegarse sobre organizaciones u asociaciones que piensen de forma similar a ellos.

Cisma es quiebre, es ruptura, pero sobre todo es falta en la caridad, falta en la docilidad del Espíritu, falta en la conversión, en la posibilidad de pensar que no es mía la verdad, sino de la novedad y la alegría del Evangelio.

Para pensar la relación entre la Iglesia y el Estado, o en sentido más amplio, entre religión y política, suele aparecer con periodicidad la frase aislada de “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. La conocida sentencia es repetida de forma fundamentalista y a-contextualizada, destruyendo el sentido del texto: Jesús está a las puertas de una trampa y le preguntan concretamente por el pago de los impuestos, impuestos que sostenían la convivencia y la subsistencia social y, sobre todo civil.

Entre muchos, verdaderamente muchos otros, quizás puedan resultar más iluminadores estos  textos bíblicos, más claros y concisos:

“Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!». Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios!. Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?»” (Mc 10, 23-26)

“En esto se le acercó uno y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». El le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.». «¿Cuáles?» – le dice él. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.». Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. (Mt 19, 16-22)

No hace falta que recordemos aquí la opción preferencial por los pobres que posee el texto bíblico y la fe judeo-cristiana. Ni creo verdaderamente sensato recordarle a la comunidad teológica el paso del paternalismo asistencialista pre León XIII, a los cambios radicales introducidos por el pensamiento del Magisterio en la línea concreta de la Doctrina Social de la Iglesia, donde ya la consideración sobre el espacio propio de la Iglesia ha madurado a la dimensión profética, a la denuncia frente a las injusticias, a ponerse del lado de los que más sufren, a vivir-con, a estar-con los descartados de la sociedad. Y junto-con ellos encontrar caminos de solución, tal como Jesús enseñó y vivió.

 

Pastoreo “con olor a oveja”

El Magisterio de Francisco ha puesto de relieve, aunque se lo quiera ocultar, una discusión latente sobre el verdadero ejercicio del pastoreo. Francisco pone en jaque la idea de que el pastor es quien va adelante, guiando, conduciendo, dirigiendo, llevando a las mansas y estúpidas ovejas. Me ha pasado de escuchar, no hace mucho tiempo atrás, a algún obispo que consideraba que su trabajo es como el del chofer del colectivo: que conduce y lleva a la feligresía, de modo que ésta es mero receptor pasivo.

Frente a los acontecimientos recientes, especialmente en nuestro país, muchos católicos conservadores (¡inclusive teólogos!) han criticado duramente a los obispos que han tendido puentes de diálogo y cercanía con diferentes sectores del pueblo. Algunos se refirieron a estos obispos como “perdidos”, “desviados”, entre otros similares.

Buscando caminos de solución, a mi humilde modo de ver, hay dos cuestiones a tener en cuenta. Por un lado, un error frecuente dentro del conservadurismo católico a nivel dogmático: el protagonista de la historia de la Iglesia es el Espíritu Santo y no el voluntarismo egoísta que nos rige interna y psicológicamente. La Iglesia es propiedad personal del Espíritu y a ella la guía por donde a él le plazca.

Por otro lado, y concretamente hoy, entonces, Francisco propone una forma más auténtica, más acorde al Evangelio, de pastorear: estar-con el pueblo, estar-con las ovejas, sintiendo y viviendo en el Espíritu con y desde el pueblo fiel. Como lo hizo Jesús, como lo comprendió Francisco de Asís, como lo vivieron tantos a lo largo de la historia. Ser “pastores con olor a oveja” implica una actitud a modificar, no un ministerio al que renunciar.

 

La unidad prevalece sobre el conflicto

“El anuncio de paz no es el de una paz negociada, sino la convicción de que la unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades. Supera cualquier conflicto en una nueva y prometedora síntesis. La diversidad es bella cuando acepta entrar constantemente en un proceso de reconciliación, hasta sellar una especie de pacto cultural que haga emerger una «diversidad reconciliada», como bien enseñaron los Obispos del Congo: «La diversidad de nuestras etnias es una riqueza […] Sólo con la unidad, con la conversión de los corazones y con la reconciliación podremos hacer avanzar nuestro país»” (EG 230)

A comienzos de su pontificado, Francisco sospechó que, así como lo es el Evangelio, recordar su vitalidad y núcleo también iba a ser motivo de conflicto. Vivir en la unidad no implica pensamiento monolítico, sino diversidad y multiplicidad. La unidad de sentarse todos a la mesa independientemente de las diferencias manifiestas.

La Iglesia de y para los pobres que Jesús y Francisco sueñan existió siempre, aunque callada y solapada. En tiempos de conservadurismo, ella no se fue, no realizó un cisma, sino que se mostró, se ejerció, se calló, oró, acompañó, y sufrió-con el excluido.

Hoy “la otra Iglesia”, la que no sueña con la pobreza de Jesús, no encuentra su lugar ad intra de ella misma, se siente extranjera, se siente amenazada y por eso batalla, por eso lo cruza a Francisco en cuanto tiene oportunidad, por eso se ataja de estupideces “moralitistas”.

Este es el camino propicio para comenzar a caminar en un nuevo cisma, el cisma de los que no comprenden la hondura del mensaje del Evangelio que hoy reclama estar del lado de los descartados, los excluidos, no como paternalismo asistencialista (eso, como dijimos, ¡el Magisterio de la Iglesia ya lo superó siglos atrás!) sino como acompañante de los procesos, yendo con olor a oveja, dejándose guiar por el Espíritu y no por sus convicciones o seguridades personales.

Si estos conceptos básicos sobre ser-Iglesia, sobre el estar-en ella se olvidan, recuerden que así es como comienzan los cismas.

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