De otros manjares sagrados: el asado y el sacrificio dominical

Por Leonel Kodnia //

De otros manjares sagrados: el asado y el sacrificio dominical

“los dioses aspiraron el olor, los dioses aspiraron el buen olor, los dioses acudieron como moscas alrededor del sacrificador” -Poema de Gilgamesh, XI, 140.

 

Es habitual caminar los domingos por las calles argentinas y sentir el inconfundible aroma de la carne asada, y así perderse en uno de los rituales más viejos del germen argentino. El aroma permeable del asado, que como un incienso invoca a los dioses, evoca los primigenios rituales sacrificiales que son base común de la mayoría de las religiones, y por qué no, de la base de la sociedad actual. Este ritual dominguero lleva como clave central un portentoso popurrí de carnes y entrañas, acompañadas con una libación de pan y vegetales (la mixta de lechuga, cebolla y tomate; y la “rusa” son las predilectas), con el nunca infaltable licor de uva. Estos diferentes elementos se conjugan para acondicionarse en un cenáculo fraterno, en cuyo ábside destaca la figura del asador como un sumo sacerdote, cuyo puesto es conseguido debido a la experiencia o la edad: todo un presbítero del asado. Con toda una serie de disposiciones sagradas el oficiante, o su ayudante, enciende la pira de fuego para depositar sobre la parrilla el manjar presto a ser devorado. Carnes, vino, panes y vegetales, estos han sido también los elementos centrales de cualquier sacrificio. Ahora, cerca de celebrarse el sacrificio carnívoro cristiano, algunas reflexiones.

El ritual del sacrificio está en la base de todas las religiones, con matices, o no, sea oriental, occidental o latinoamericana, la idea de entregar algo a cambio de loas o favores al Dios, es algo común a lo largo de la historia. Se supone que ya en los primeros albores de la humanidad sedentaria se produce la llamada antropoformización animista de las divinidades. Según el arqueólogo Gordon Chile el evento de la religiosidad nace de manera simultánea con la agricultura. Durante ese tiempo el hombre experimenta la duración de su vida en la circularidad de las cosechas. Tanto las cosechas como su vida, susceptibles al peligro imprevisible, deben estar protegidas por alguien. El sacrificio es el pago o deuda para que esas divinidades lo hagan. Funciona como  una especie de “coima” divina. Que esas ofrendas sean quemadas, en su mayoría, o enterradas, se debe al hecho de hacerlas desaparecer de este plano para que ingresen en el otro, donde viven los dioses; tanto hacía abajo, en la tierra, o hacía arriba, en forma de humo. Tal es la historia de Abel, en la Mesopotamia; o las “capacochas” en el norte cuzqueño: ofrendas al Dios Sol, por circunstancias especiales (nacimiento del hijo del Rey, lluvias, sequias, etc.) de niños o niñas hermosas, que luego eran momificados y enterrados en montañas. La gran mayoría de las culturas celebran su unión con los dioses mediante una especie de entrega u oblación cuya concreción más próxima es el sacrificio.

En la historia occidental, que nace, a diferencia de lo que Hegel pensaba, en Oriente, se han elaborado diferentes modos de efectuar un sacrificio, que nacen en la Mesopotamia. En el mundo hebreo el sacrificio más elaborado y atípico era el holocausto. Termino que adquiere su denominación actual gracias a la traducción de los LXX. Etimológicamente significa “algo que fue quemado entero” (holos: total; kautos: quemar). La victima arde entera, nada le corresponde a su oferente, salvo la piel. El término de la LXX traduce el termino: Korbán olá, sacrificio en el cual el humo de la víctima subía entero al cielo; de ahí se explica la raíz del verbo olá que es “subir”.  Va acompañado de una libación (minhah= don)  de harina amasada con aceite y una de vino. En Lev 1 tenemos una descripción de cómo debe efectuarse. La significación que se le ha otorgado a lo largo del siglo XX no tiene mucha aceptación en la comunidad judía ya que el carácter sagrado del korbán no debe ser comparado con la idea del exterminio. Tal es así que la comunidad judía lo llama: Shoa, puede ser leído como “tempestad o tormenta” (Prov 1,27) o como “aflicción o destrucción (Sal XXXV, 8), o incluso desierto en alguna parte de Job. Siempre en sentido de catástrofe o mal, lo cual lo hace más apto que el de “holocausto” que impuso Churchill para referirse al genocidio armenio. Existen otros dos tipos de sacrificio en el mundo mesopotámico: el de comunión (Zebah selamin), y el de expiación: por el pecado (hattâ’t) o por algún tipo de reparación. No hay muchas diferencias con el sacrificio en el mundo árabe o  babilónico. Tal vez la que más sobresale es en esas civilizaciones la víctima no se quemaba. Ese es otro tema. Lo que nos interesa pensar es cómo se ha significado o simbolizado el hecho del sacrificio, en la forma occidental y cristiana. Para lo cual hay que hacer una distinción muy grande entre experiencia y símbolo.

El verdadero paso del mito al logos realmente no fue una transición de un estado no científico a uno científico, de la ciencia inventada a un proceso de razonamiento lógico y filosófico, sino que debemos entender el paso del mito al logos como la transición del logo-mitos al logo-símbolo. Platón no dejó de utilizar estructuras mitológicas para el desarrollo de sus pensamientos, ni mucho menos Aristóteles, o Plotino, (e incluso todo el Cristianismo); lo que sí sucedió es que estos eventos dejaron de expresar explícitamente los acontecimientos del alma, las experiencias concretas; y pasaron a formar parte del mundo de la analogía, de las parábolas. El mito de la caverna, el paso de la sombra a la luz, es una detallada historia en función de explicar algo, una idea o concepto, es decir un logos simbólico. El mundo aprende, renunciando al relato experiencial, el sabor de la simplificación. En este sentido, los relatos, desprovistos de experiencias, comenzaron a homogeneizarse, hegemonizarse, y transformarse en fórmulas dogmáticas. La economía del símbolo significa la concentración de toda una experiencia del mundo vivencial (el mito es la propia experiencia del alma, dice Jung) en una formula ritual, que oficia, que hace las veces de experiencia. Pero la simbolización que economiza la vivencia de los ritos estriba un riesgo: la simulación de la experiencia religiosa, ahora sintetizada en frases o versos, que componen  ritos “canónicos”, que al estar desprovistos de experiencia son vacíos. La experiencia anímica del ser primordial que se explayaba o traducía en el mito (estoy parafraseando a Jung, pueden leer Arquetipo e inconsciente colectivo) ahora se simula en una formula estable, muchas veces normativa; que también llamamos dogmas. La experiencia individual se diluye en pos de una formula universal.  Tengamos en cuenta que el símbolo, según es definido por la lingüística, está en remplazo de una ausencia, el símbolo es el término presencia, cuyo referente ha desaparecido.

Eso es lo que ha pasado con la celebración sacrificial en el mundo del cristianismo. La puesta en escena mediante el símbolo de ritos helénicos, semitas y paganos, han convergido en lo que llamamos el sacrificio dominical, la misa del domingo. Menos ligados al símbolo, los rituales semitas se mantienen hoy en día más vivos. La cena Pascual, el pesaj es estrictamente una cena, que se lleva a cabo vivencialmente, con ciertas normativas, pero “realmente”  se come, se bebe, en definitiva, se celebra. En estas cenas hay risas, charlas, compartires que exceden el rito y al mismo tiempo lo pueblan de vida.  En cambio, los lectores del Nuevo Testamento, influenciados por el mundo platónico hicieron de sus celebraciones un ritual simbólico que al cabo de los años decanto en el  “Misal Romano”. Ellos llevaron el ascetismo griego del desprecio de la carne a límites insospechados: su resurrección, pero en otro plano. Este alejamiento de las vivencias terrenales produjo con el tiempo el ritualoso canon moderno de la Eucarística, que en tiempos todavía ligados al mundo semita era realmente una cena, con todo lo que involucra una cena (risas, conversaciones, sobremesa, personas). La comida dominical se trasladó a una estática, y estética, ritualización establecida y canónica, guionada y llena de pompas y colores, cromos dorados y volutas de incienso, cuyos únicos fundamentos de existencia son las palabras formulares y la puesta en escena de un pan y un vino sobre una mesa-altar, con la esperanza mitológica de que dejen de ser materia terrenal para entrar en un plano místico, como la carne y su resurrección.  El pan de ese banquete no desparramadas sus migas sobre el mantel (que ahora son fragmentos del único cristo) que tampoco es manchado por el vino; porque esos panes, hostias, son todos iguales, cartones que simulan panes. Muy alejados del pan, no son horneados ni amasados a mano, están hechos en moldes de fábricas (¡Cuánto ha contribuido el cristianismo al capitalismo!, pero ese es otro tema), hechos en serie, sin imperfecciones y con dibujos barrocos. Se guardan en una copa con tapa, llamada copón, no en una panera. En estos términos este sacrificio dominical es un “plagio di plagio” como diría el pequeño Bob, una significación de significaciones, conjuntos de depuraciones que en el vaivén de los siglos (milenios) se establece más como fórmula fija que como experiencia. Les cuento: “plagio” significaba en tiempos de cesares y romanos la usurpación de un esclavo a otro, para obtener fines propios, es decir un secuestro; de ahí sus conclusiones.

Pero cierta teología va por tumbos un poco opuestos en algunos casos. Comúnmente se dice que un  sacrificio es un símbolo de renuncia a los lazos terrenales por amor al espíritu o a la divinidadla idea de que lo material actúe sobre lo espiritual. El ofrecimiento de bienes materiales, en la forma que estos se den, afecta el mundo espiritual, sea el pago de una deuda, de una ofensa, o más bien la invitación a los dioses para un banquete de agradecimiento. El cristianismo se erige desde la idea de una redención mediante la inmolación de un inocente como pago o tributo de un mal social, universal; simbolizando en Jesucristo la idea del sacrificio expiatorio. Sin embargo, aquí está el entre líneas: Dios se hace material para que se altere el orden espiritual. El sacrificio ha sido de orden inverso: puesto que el que muere en la cruz es el mismo dios, que como decía Juan Pablo II, no sé en qué Encíclica,  se hizo tiempo, lo asumió. Lo cual también es una novedad peculiar, porque el autosacrificio del mismo Dios, en función de la divinización de la humanidad, es un sacrificio de lo espiritual para que se altere lo material. En esta alteración de orden subyace la peculiaridad del sacrificio cristiano frente a otras expresiones religiosas, que lamentablemente, seducidos por el rito, se ha olvidado. Mientras que lo material es el pago en el mundo semita, sean los beduinos musulmanes o los maestros rabinos, en el cristianismo lo material es aquello que se invoca para ser elevado, puesto que lo que se ha inmolado es lo espiritual, es decir, la muerte del verdadero Dios.  Pero esta idea, se ha diluido. Porque en el vaivén de los días, la cosa es otra, como se vio. Uno come el pan y el vino simulando otros panes y vinos de otras cenas, que simulan a su vez dos cosas: la carne de cristo, es decir la víctima, al mismo tiempo, que simulan una cena canónica, única, que fue elevada por lectores platónicos a una cena paradigmática, cuya perfección debe buscarse en cada nueva puesta en escena. Para mantener esa cena paradigmática,  la teología ofrece ciertas herramientas: el sacerdote, pecaminoso como cualquiera, se convierte en cristo, el pan y vino individual, en cristo, la última cena, en única cena, etc. Lo cual demuestran que en el cristianismo no hay cenas, hay fórmulas, ritos, que simbolizan cenas, pero que han dejado de ser lo que eran: experiencia.

Además,  esta idea del símbolo del sacrificio cristiano contrasta con una idea hebraica del sacrificio, sobretodo en un punto muy particular: para el mundo hebreo la vida debe primar constantemente sobre la muerte, se la prefiere;  es así que el sacrificio del martirio no tiene validez para ellos, ni es buscado. Abraham no sacrifica bajo ningún punto a Isaac; por lo tanto fundar una comparación entre sacrificio Abram-Dios e Isaac-cristo, como recuerda no sé qué plegaria del Misal: “el sacrificio de Abraham, nuestro padre en la fe”, es injusta. Dios le impide sacrificar a su hijo. En este punto también se equivoca Freud en Totem y tabú, ya que funda los orígenes de la sociedad moderna leyendo ese pasaje. El sacrificio humano es impensado en Israel y toda la Mesopotamia. Pero, no así en Grecia: Agamenón sacrifica a su hija; Medea a los suyos; pero Abraham, no. Nuevamente vuelvo a poner el acento en la lectura platónica-helénica de los evangelios.

En este sentido, en el cristianismo, dada su ascendencia romana y helénica, la idea del sacrificio “filial” (padre a hijo) es fundante. Que la historia occidental se haya fundado en base a la idea del sacrificio es una hipótesis, pero atiéndase a que solo aquellas culturas en donde el sacrificio humano era moneda corriente han fundado imperios: Grecia, Roma; nunca Israel. Por eso mismo, creo que la valoración del sacrificio filial, de la muerte de un hijo en pos de un bien mayor genera dos cosas: primero instituciones que tienen poder sobre sus inferiores. En segundo lugar, una casta elitista de hijos plausibles a no sacrificar, y una en pos de sacrificar. La burguesía y el sistema económico capitalista son una fase desarrollada de esta idea. Pero eso es otra historia.

En fin, dele una patada al balde, Señora. Trate de pensar este domingo, el viernes santo y sus otros días, qué tipo de ritos valorar y cuáles no. Es una verdadera lástima que el cristianismo haya perdido sus primeras intuiciones sobre el sacrificio de lo espiritual en pos del símbolo.  Pero no se apresure en denigrar. Aguarde. La teología de la liberación, no lo diga en voz alta, ha hecho grandes pasos en el establecimiento no ritual de formas experienciales, que cada día más se están separando de su raíz europea y buscan “inculturizarse” como decía Gera, o dice Scannone, y otros.  El kairós de la liberación, es real, si bien con desprolijidades, y consiste a mi criterio en volver a la experiencia de los pequeños eventos divinos depurados de academicismos demagógicos, sobre todo el rito que pronuncia lo sagrado; en volver a la tierra y sus pequeñas magias cosmogónicas e hierofánicas. Es desechar lo acartonado, lo fabricado en serie, para volver a lo individual y a lo comunional.

Trate entonces de encontrar toda la experiencia sosegada en los rituales de la misa, en otro mangar: encuéntrelo en el fermento vivo del aroma de la carne y las entrañas que se oblan en la parrilla. Piense en lo que disfrutará. El asado dominical, como ha visto, inca sus dientes en rituales muy antiguos: la carne asada, el asador, el núcleo vivencial reunido para festejar el mismo hecho de estar compartiendo, o rememorar un evento, o reconciliarse. Desde la ceremonia del fuego y su único y experimentado ejecutor hasta los mínimos elementos que lo acompañan, todo eso es un ritual al mismo tiempo que una experiencia: una verdadera comida dominical, no la simulación que ahora usted está viviendo.  Piense que después del “vallamos en paz” la espera su sacerdote personificado en su marido, su hijo, junto a la rebosante parrilla, disfrutando la vid que generosamente fue cosechada y estibada, también en su santuario; piense en el pan tierno que esta mañana encargó en la panadería que poblará su mantel de migas y luego alimentará a los pájaros; deguste la “rusa” que la espera; la escarola o radicheta que como hierbas amargas acompañan el corte. Piense en todo eso, y usted verá la misa con otros ojos, como una entradita, una picada preparatoria. Sepa que a Dios le gustan los aromas reales, no los polvos dorados de un convento. Eso sí, no lo piense tanto durante la celebración, no sea que se le haga agua la boca y no pueda comulgar; salvo que usted sea divorciada u homosexual, en cuyo caso, como usted no puede, piense en el asado todo el tiempo mientras los otros elogian el pan de cartón.

Leonel Kodnia

3 comentarios de “De otros manjares sagrados: el asado y el sacrificio dominical”

  1. EN LA CIUDAD ARGENTINA DE CAMPANA QUE TUVO SU ORIGEN EL ASADO DE TIRA

    Claudio Valerio, un ingeniero apasionado por la historia asegura que
    el “asado de tira”, símbolo argentino, se originó en la ciudad de
    Campana cuando el The River Plate Fresh Meat Co., el primer
    frigorífico de Sudamérica, se instalara en esa ciudad y que, con la
    incorporación de una sierra, se logró cortar los huesos de las reses.
    Hasta entonces, a las reses se las faenaban a cuchillo.
    El hecho es que de una charla entre amigos pueden surgir jugosas
    anécdotas, consejos invalorables, negocios salvadores –e imposibles de
    concretar en la mayoría de los casos– y proyectos o sueños compartidos
    que, de otro modos, serían inalcanzables. Una sobremesa, quizás, puede
    ser también el lugar propicio para intentar develar grandes incógnitas
    del ser nacional, como puede ser, por ejemplo, cuál es el origen de
    uno de los cortes de carne más tradicionales que nunca suele faltar en
    las parrillas argentinas: la tira de asado.
    Fue ese el tema que quedó rondando en la cabeza de Claudio Valerio, un
    ingeniero mecánico y electrónico, actor e historiador vocacional que
    luego de una charla informal con un amigo se decidió a investigar para
    llegar a establecer que ese corte, tal y como se lo sirve actualmente,
    tuvo su origen en la ciudad de Campana, Buenos Aires.
    Este hecho, que se convertiría en hito culinario e histórico para el
    Distrito, sucedió durante el siglo XIX con la instalación del
    frigorífico The River Plate Fresh Meat Co. en el pueblo bonaerense que
    crecía a orillas del Río Paraná de Las Palmas, en el actual territorio
    de Campana. Entonces la historia comienza en el frigorífico que fue
    fundado en 1883 y cerró en 1926 pero dio inicio al proceso de
    industrialización en la zona.
    Los principales compradores de la carne argentina eran los ingleses,
    que preferían los cortes con más carne y menos hueso y grasa. Por eso,
    el costillar entero era un corte de descarte en el frigorífico y, en
    vez de tirarlo, lo consumían los empleados, acostumbrados a asar
    porque muchos de ellos provenían del campo o el interior del país. “Se
    asaba a la cruz con el cuero, el matambre y la falda, así se preparaba
    desde el 1600. Los curas franciscanos, por ejemplo, se lo daban a los
    obreros que trabajaban en la construcción de iglesias y así también lo
    consumían los gauchos”, explica Valerio, quien llegó a la conclusión
    de que el cambio y el surgimiento de la tira de asado como se consume
    actualmente –o tal vez con alguna ligera variación– se produjo con una
    innovación tecnológica implementada en el frigorífico campanense: el
    uso de la sierra para fraccionar mejor la res.
    Según estima Claudio Valerio, es a partir de la incorporación de ese
    novedoso elemento que se pudo comenzar a cortar el hueso ya que
    hasta el momento los trabajadores sólo contaban con una cuchilla para
    faenar y por más filo que tuviera era imposible poder atravesarlo. Entonces
    desde ese momento pudo cortarse el costillar, separarle el cuero, el
    matambre y la falda, y ahí queda el asado de tira.
    La investigación le permitió al ingeniero conocer más sobre la
    historia del Partido y algunos datos le resultaron sorprendentes: “Los
    hermanos Luis y Eduardo Costa innovaron en la alimentación del ganado
    para obtener una mejor carne. Además fueron ellos y Justa Lima de
    Atucha quienes donaron lo necesario para que se realizase el primer
    envío a Europa de carne vacuna en barcos con cámaras frigoríficas. Fue
    la mayor matanza de animales”, cuenta Valerio.
    Claudio Valerio ahora ha publicado un libro en el que se puede
    leer y profundizar los porqué lo han llevado a llegar a este
    descubrimiento, como también lograr que su hallazgo tenga
    reconocimiento nacional, sin que ello signifique lucimiento personal.
    Además, con la presentación formal de su trabajo, se pretende
    institucionalizar la “fiesta nacional del asado de tira”, para que
    pase a caracterizar al Distrito de Campana.

    Antecedentes:
    http:/www.telam.com.ar/notas/201803/256236-historia-origen-asado-de-tira.html

    https://www.clarin.com/ciudades/Campana-asado_de_tira-invento_0_Bk9Llqi5wXg.html

  2. EL LIBRO ASADO DE TIRA. CLASICO ARGENTO Y ORGULLO CAMPANENSE FUE DECLARADO DE INTERES LEGISLATIVO

    El autor, nos contó que ya está a la venta en librerías, pero también
    es posible adquirirlo a través de mercado libre. “La tira de asado
    nació aquí, en el primer frigorífico de Sudamérica, ya que a la hora
    de fraccionar los ingleses sólo exportaban los cuartos traseros y
    delanteros”. Así Claudio Valerio argumenta en este libro que el asado
    de tira nació en la ciudad de Campana.
    Luego de tanto “cocinarlo” se presentó en la 44° Feria del Libro el
    libro “Asado de tira”. En el mismo, el Ing. Claudio Valerio estudió y
    escribió los orígenes de este corte y lo fundamenta con datos del
    porqué ocurrió en la ciudad de Campana.
    Por medio de investigaciones da cuenta de que en el año 1882 se
    comenzó a utilizar el costillar ya que hasta ese momento era
    desechado.
    Este trabajo, respecto al asado y a la cultura de la alimentación para
    los pueblos del mundo, también se puede adquirir en la librería
    Byblos, de Campana, y también estará disponible en Italpast y en la
    Parrilla Don Antonio de la misma ciudad.
    “En el libro se trata el origen del asado de tira que ocurrió en
    Campana. Mi teoría, y lo cuento en estas páginas, está asociado al
    primer frigorífico de Sudamérica que se instaló en Campana”, arrancó
    el escritor.
    Además Claudio Valerio argumentó: “La tira de asado se fraccionó aquí
    debido a que los ingleses sólo exportaban los cuartos traseros y
    delanteros. Por ende, los costillares eran desechados. En su momento,
    los guachos que trabajaban en los frigoríficos, muy inteligentes
    ellos, aprovecharon ese corte y así se creó el asado de tira”,
    concluyó adelantando algunas de sus investigaciones.
    En su libro, Claudio Valerio permite leer y profundizar los porqué lo
    han llevado a llegar a este descubrimiento que hace al patrimonio
    cultural, como también lograr que su hallazgo tenga reconocimiento
    nacional, sin que ello signifique lucimiento personal. Además, con la
    presentación formal de su trabajo, se pretende institucionalizar la
    “fiesta nacional del asado de tira”, para que pase a caracterizar al
    Distrito de Campana.

    El libro “ASADO DE TIRA” fué “Declarado de Interés Legislativo” por el
    Honorable Concejo Deliberante de la Ciudad de Campana, según
    resolución N° 1985 del 8 de mayo de 2018.

    Antecedentes:

    http://www.diariolavozdezarate.com/2018/03/21/un-campanense-en-busca-del-origen-del-asado-de-tira/

    http://www.campananoticias.com/noticia/49423/el-concejo-deliberante-declar-de-inters-legislativo-el-libro-asado-de-tira

    http://www.infocampo.com.ar/un-ingeniero-asegura-que-el-asado-de-tira-nacio-en-campana/

    https://www.youtube.com/watch?v=J3x-iaNFRxk

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