Dracón, Melanchton y el Coronavirus

Por José Carlos Caamaño

La Suda, aquella antigua enciclopedia babilónica escrita hacia el siglo décimo, consigna que en el teatro de Égina, bajo capas, vestiduras y distintos tipos de gorros, murió Dracón. El saludo de sus seguidores cerró su vida.

En efecto, allí vivía el arconte griego, luego de que el descontento popular, debido a la severidad de sus leyes, hiciera que tuviese que escapar de Atenas. Ante la extendida arbitrariedad de las leyes, Dracón impuso un código en cual, se decía, todo se castigaba con la muerte. Hacia el s. VII antes de Cristo, los nobles ricos y aristócratas tenían el monopolio de la interpretación de las leyes. Éstas, resguardadas en códigos a los que nadie accedía, quedaban en manos de aquellos que las interpretaban a su beneficio. Por ello Dracón, publicó las leyes de su código haciéndolas esculpir en piedra en el ágora para que todos los ciudadanos las conocieran y cumplieran. Para no fallar en la aplicación de las penas se dice que unificó el castigo: todo delito era penado con la muerte. Se cuenta que hasta sentenció a una estatua a ser arrojada al mar luego de que al caerse matara a un hombre. El “se cuenta” siempre es una advertencia de que debe ser tomado con pinzas.

La dureza de Dracón lo expulsó de Atenas a Égina donde, venerado por sus seguidores, murió víctima del entusiasta afecto.

Pero el valor de Dracón reside para muchos estudiosos en haber dado origen al estado de derecho promoviendo la aplicación de una ley no arbitraria para la Polis Griega. Antes de él las cuestiones eran resueltas, fundamentalmente, a través de la venganza. Esta llevaba a arbitrariedades y sobre todo al triunfo de la posición del poderoso. Luego de él se establece lo que será llamado el código penal.

En realidad además, no obstante la severidad de las leyes, no sería verdadero que la única pena que se contemplaba era la de la muerte. Ni siquiera que Dracón hubiera hecho todas. Había una serie de castigos que mostrarían una cierta elaboración de la cuestión de la aplicación de las penas por parte del estado. Imposiciones que incluían la muerte, pero también el exilio a la vez que contemplaban probablemente la posibilidad de condonación de la pena en caso de reconciliación entre los enfrentados.

No muy distante a este tiempo en el antiguo Israel se habla de año jubilar (por el yobel, el cuerno de macho cabrío con el que se lo convocaba), y de tiempo de salvación y reconciliación. Este año de jubileo en el cual cada uno recobraba su propiedad y volvía a su familia hace recordar a aquellas leyes draconianas del retorno del exilio del arrepentido que además no perdió su propiedad.

Con Dracón se da un salto cualitativo: el paso de las aplicaciones de leyes consuetudinarias, aristocráticas, poseídas por las clases privilegiadas, a la ley del estado, que viene a garantizar también derechos para los plebeyos. Ciertamente era una “exageración”. En el fondo, el relato peyorativo de “draconiano” se debe quizá a una interpretación desarrollada por quienes perdieron privilegios que eran ejercidos de modo arbitrario. Pues se pueden poseer privilegios en función de servir a los demás de un modo más efectivo.

Draconiano, quizá, podría haber significado igualador volviéndolo un verdadero elogio. El sentido profundo de esas leyes desmedidas era igualar ante la ley a los de toda condición. Además, estas medidas de Dracón dieron origen a lo que en occidente se llama el Estado. Un sistema que tiene por objetivo limar los desequilibrios que se dan en la convivencia humana generando igualdad a la vez que oportunidades al alcance de todos. De hecho, Solón -uno de los siete sabios de Grecia y sucesor de Dracón- otorgará ciudadanía a los plebeyos.

Una cuarentena significa un mundo que se detiene, y que debe reconocer que para quien no tiene reservas o respaldo, frenarse es sumarse problemas. Es muy distinta una cuarentena para el pobre que para el que no lo es. Sobran los relatos de la época de la peste negra en la que se da cuenta de las riñas, las trampas y las transgresiones de diversas formas para obtener alimento. La solidaridad deberá expresarse en la responsabilidad frente a la transmisión del virus pero también en la comprensión de las consecuencias para aquellos que son más frágiles y desprovistos de posibilidades por vivir al día de su cartoneo y otras empresas de sobrevivencia. En fin, medidas draconianas. ¿Qué pasará con las deudas de aquellos que deban bajar sus persianas? Cuando todo vuelva a la normalidad ¿Cómo se reclamarán los pendientes?

Un breve relato de Jorge Luis Borges del año ´35 da cuentas de que cuando murió Melanchton “le fue suministrada en el otro mundo una casa ilusoriamente igual a la que había tenido en la tierra”. Vale de paso recordar que Felipe Melanchton fue un reformador, fiel amigo de Lutero, y, a quien su tío, el hebraísta Johannes Reuchlin, le aconsejó que cambiara su apellido Schwartzerdt precisamente por Melanchton para que, como se acostumbraba en los círculos “helenistas” tuviese una sonoridad y etimología de procedencias griega. En efecto, traduce al griego su apellido alemán que significa “tierra negra”. Fue el hombre que unió el humanismo a la reforma, por haber sido también admirador de Erasmo. Este último resistió hasta el fin de sus días tanto sumarse a la Reforma como aceptar ser cardenal por haberse negado a sumarse a la Reforma. Le interesaba lo auténtico.

Pero el pobre Melanchton de Borges enoja a los ángeles por no hablar de la caridad e insistir con la fe, de modo que lo abandonan y su casa del más allá comienza a volverse fantasmal. Aquella cotidianeidad sin amor se volvió fría, oscura y pobre. De vez en cuando interrumpida, narra Borges, por simulacros de esplendor que procedían de arreglos que había hecho con un brujo.

El Melanchton histórico, antes del martillo de Wittemberg, creía en el triunfo de la libertad, poseía un optimismo antropológico raro en los círculos Luteranos. Intentará, luego de la proclamación de los grandes principios de Lutero, reconciliar el humanismo con la crítica de la Reforma precisamente a esta perspectiva del mundo.

Posiblemente la conexión entre el Melanchton histórico y el de Borges está en el engañoso pensamiento de que podemos manejar todo. Y que si no lo manejamos podemos hacer su mímesis. Quizá esa reconciliación de los dos mundos aparentemente opuestos ha llevado a Borges a mostrar un más allá gris en su relato Un Teólogo en la muerte.

En cualquier caso me interesa rescatar, o quizá forzar, una enseñanza en este texto Borgiano: si queremos manejar todo pues entonces todo se vuelve gris y, especialmente, resistiremos a lo cotidiano creando ficciones. Una cuarentena es un tiempo excepcional de cotidianeidad, de estar siempre ante los mismos muebles, lugares y personas. De guardar mejor la comida y no desaprovechar las sobras. Aquellos que reencontramos luego de la jornada de trabajo y dan alegría y reposo, pueden volverse el más allá del personaje de Borges: un lugar que poco a poco se vuelve pobre, deforme y fantasmal. Todo el día y todos los días se repetirá lo mismo a menos que dejemos espacio al infinito espacio interior. Puede ensombrecerse lo que era luminoso. A menos que se llene de amor, de juego, de alegría, de creatividad, de reconocimiento al fin de que ha sucedido el hecho de nos encontrarnos con la evidencia de que somos limitados y le tenemos miedo a la muerte.

Podemos también permanecer encerrados para seguir en la misma. Un aislamiento también puede servir como excusa para conservar viejas mañas y, aún peor, para el desarrollo de nuevos gérmenes. Virus “intrahospitalarios” que pueden ser también nuevos procesos éticos. ¿Por qué no seguir encerrados en adelante para prevenirnos de un futuro siniestro? ¿Y si fuera mejor vivir aislados? La humanidad sabe de cracks que parecen un fin y en realidad son un fortalecimiento más concentrado de aquello que aparentemente había muerto. La crisis del ´30 es un ejemplo notable. No fue una pandemia, pero sí un hundimiento económico que arrastró todas las latitudes y permitió reconfigurar, luego de la segunda gran guerra, las lógicas de concentración del capital de un modo más exitoso y sin tanto margen de error… hasta ahora.

También un ejemplo interesante es la gran peste negra. Mató a un tercio de la población europea en los siglos XIV y XV. Esperaríamos luego de ella una nueva visión de la humanidad con nuevas formas de convivencia. Pero a partir del siglo XV comienza un nuevo movimiento de expansión, sin precedentes por su alcance y sus consecuencias para la historia posterior: la unificación peninsular y el imperio español. Innumerables ejemplos hay en la humanidad de salir de una crisis a través de una reproducción en mayor magnitud de lo que hubo. Luego de la Revolución Francesa, en 1789, hubo que esperar poco tiempo hasta la expansión del poder de Napoleón que fue cónsul vitalicio desde el 2 de agosto de 1802 hasta su proclamación como emperador de los franceses el 18 de mayo de 1804, y su coronación el 2 de diciembre. Durante poco más de una década, tomó el control de casi toda Europa Occidental y Central mediante una serie de conquistas y alianzas. 

Toda crisis es una oportunidad de recrear nuestras pautas de convivencia, pero también para prestar atención y estar alertas. Las propuestas extraordinarias parecen ser nada más que pautas de sensatez cotidiana: acompañarnos, estar despiertos a las necesidades de los demás, no invadir los espacios, no amontonarnos ni empujarnos, ser higiénicos, acostarnos medianamente temprano, no estornudar ni toser en la cara de los otros, respetar la casa del otro y su espacio, cuidar a los mayores y a los niños, descansar mejor. Podemos hacer colas sin empujarnos ni amontonarnos, ni número hay que sacar pues se paran todos en la vereda y preguntan quién es el último quedando claro el orden de los turnos. Nadie se abalanza pues si lo hace corre la amenaza de linchamiento. Me hace acordar la situación a un pequeño y risueño librito de Leonardo Da Vinci titulado “Apuntes de Cocina”. El gran genio del renacimiento fue dejoven aprendiz de cocina en la taberna Los Tres Caracoles en el Ponte Vecchio de Florencia y luego abriría una posada con su amigo Sandro Boticelli llamada Las Tres Ranas de Sandro y Leonardo. Su gusto culinario se deja ver en su magna obra La última cena, donde hay servidos, por ejemplo, puré de nabos con rodajas de anguila, huevos cocidos con rebanadas de zanahoria y muslo de pato con flores de calabacín.

Leonardo es invitado por Ludovico Sforza (el moro) a su corte en Milán dónde escribe este librito en el cual, además del recetario culinario, hay algunas normar para sentarse a la mesa. En ella se deja entrever la barbarie en la que vivían. Vuelve cosas elementales (como no orinar en la mesa, no escupir sobre el plato, ni tocar indecorosamente a los sirvientes, o no dormir sobre la comida, reglas que deben aprenderse para poder convivir con cierta humanidad. Una de ellas resuena especial para este momento “No ha de escupir ni hacia delante ni hacia los lados”. Hoy también las normas excepcionales, draconianas, que nos proponen dejan en evidencia un mundo acostumbrado al dominio, el ruido y el abuso en un arcoíris de matices. Estamos muy lejos de la cuarentena medieval, y no sólo porque el virus nuestro posee un período de catorce días y no de treinta y nueve como el de la peste bubónica, sino porque abrimos la canilla y tenemos agua potable. Al menos un grupo bastante amplio. Nada más y nada menos… Además de tener farmacias y almacenes abiertos con algo más que granos de trigo.

Podemos aprender mucho del momento, pero debe haber una decisión ética de hacerlo. De lo contrario todo volverá fortalecido. También puede retornar en nuevas formas de poder global que serán más invisibles, poderosas y capaces de anular toda intimidad. Hace rato sabemos que las redes son parte de nuestra realidad, pero hoy son casi toda nuestra realidad: en ellas estamos programando las clases, haciendo las compras, entreteniéndonos y desplegando una amplia vida social. Su poder es inconmensurable ya que han pasado de ser un medio a ser una auténtica condición de la existencia. Casi una metafísica. La realidad por un tiempo será nuestro pequeño universo de convivencia directa, lo que guarda nuestra memoria de los tiempos antiguos de libertad y las redes. De nuevo, como en épocas de Dracón, el Estado será fundamental

Su decisiva intervención, en este momento, regulando nuestra vida -con firmeza y con respeto- hace que nos animemos a una discreta esperanza.

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