El Adviento en tiempos de desesperanza

Por Agustín Podestá//

Hoy, domingo 2 de diciembre, empezamos el recorrido de Adviento. Comenzamos el período de preparación para la celebración de la Navidad. La palabra clave de este tiempo es la esperanza. Esperanza cristiana del “ya-todavía no”, de la espera del cumplimiento definitivo poseyendo de antemano la seguridad del porvenir. Sin embargo, parecería que hoy en nuestra sociedad reina la ansiedad, que no es más que un síntoma de la desesperanza. La necesidad de saciar un vacío que no se sacia, de llenar un pozo que no se llena.

Con creciente sorpresa he visto en los últimos años cómo se ha adelantado el armado del árbol de Navidad y del cotillón navideño. Si bien la pérdida de la tradición de armarlo el 8 de diciembre la podemos atribuir a cuestiones de secularización de las fiestas religiosas, con respecto a la Navidad nos encontramos en otro nivel. La fiesta navideña excede el ámbito religioso, inclusive espiritual, y se ha instalado en la sociedad como un momento de festejo familiar, de gastos y consumismo, de alimentación excesiva y de intercambio de regalos. Lejos nos encontramos ya de aquél nacimiento en el silencio y la pobreza de Belén.

La ansiedad de vivir experiencias, en este caso la necesidad de “adelantar” la Navidad, nos muestra el vacío de la esperanza, que en el fondo es desesperanza. Es una necesidad de vivir navideñamente, una necesidad de lograr ese anclaje que posee la esperanza cristiana. La falta de rumbo, el andar a la deriva, nos lleva a mirar un horizonte, aunque sea lejano, donde haya felicidad, al menos un poco de felicidad, al menos una noche de alegría.

¿Cómo vivir entonces en esperanza el Adviento y no en desesperanza? Para no desesperar es fundamental no quedarnos en el “todavía no” sino en el ya. Es decir, no dejemos que reine la ansiedad, no permitamos que nos gane la desesperación. Por el contrario, vivamos la seguridad de saber que ya estamos preludiando la fiesta, que tenemos la calma del amor y no la desesperación del vacío.

Es como cuando nos vestimos y producimos para ir a una fiesta importante, de alguna forma, cuando nos vamos preparando, ya estamos cambiando nuestro “chip mental”. De alguna forma, ese momento ya es un preludio o participación de la fiesta que estaremos por vivir luego plenamente. Y esa preparación no la vivimos con desesperanza, o con ansiedad vacía, sino con calma, con alegría, con seguridad de que vamos a pasar una buena fiesta.

Que este Adviento nos encuentre así, viviendo la calma que nos brinda el amor, la seguridad que nos brinda la Navidad, la celebración del Dios que se hace cercano en una mesa familiar.

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