El descanso de Adán

Por Leonel Kodnia

 

 

El relato de la creación del hombre, ese que está consignado en el Génesis, ha servido, para mal o para bien, como fuentes de caracteres para la consolidación de la hegemonía de la cultura occidental. Quiero decir que es muy difícil concebir una noción de hombre por fuera de las lecturas que hace el renacimiento grecoromano, influenciado por el cristianismo.

Buscamos atolondrados una substancia que sostenga, que de fondo, como un fondo de cocción, al barro que nos corporiza. Y la substancia es la palabra ousia, y punto. Esto es así ya desde los primeros pensamientos cristianos, que tratan de dar sentido al hombre y a Dios en un mismo momento. Pero ya hemos hablado de eso.

Hoy quisiera levemente que nos detengamos con ojos de curador sobre la representación de Miguel Ángel del hombre. Cabe decir que el Renacimiento se lee como un nuevo Adán, se impone como un nuevo ser que ha trasgredido una norma, ha trasgredido una Ley conquistándola, haciéndola suya. Y eso le da el poder necesario para actuar sobre la naturaleza y los hombres.

Es así, dueño de esa ley poseída, que solo él puede administrar, sale a buscar su herencia, que se esconde en la naturaleza; y lo espera. Pero, sin ir más lejos, no sale a buscar; se tiende sobre el Jardín que vuelvo a descubrir, y espera que a él acuda todo, la naturaleza, las ideas, Dios.

El Adán de Miguel está  echado cómodamente sobre un Jardín y a él acude Dios, su creador. El esfuerzo está en el Dios vestido, que se estira y se retuerce para alcanzar una mano que no se digna a levantarse, un dedo que no se tensiona en lo más mínimo.

Y es ese el Adán que nos hemos inventado, un Adán cómodo, dueño del reposo y del punto. Como la perspectiva se tiende sobre la hierba a esperar, a pensar, a querer, que todos acudan a él a organizarse, mirándolo, alabándolo.

 

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