El Dios tatuado

Por P. Facundo Mela FDP // 

Desde hace un par de décadas, tatuarse se ha vuelto algo común; jóvenes, viejos, pobres, ricos, profesionales, trabajadores… incluso hasta algún cura que conozco se tatuó.

Este fenómeno ha traído aparejado preguntas y análisis de distinto tipo: sociológicos, antropológicos, psicológicos, etc. Los cuales buscan describirlo y/o explicarlo desde diferentes puntos de vista.

El mundo cristiano no es ajeno a esto, también se ha preguntado por los tatuajes. Si buscamos en internet, lo primero que encontramos es una rápida condena a esta práctica por grupos de católicos, protestantes, evangélicos, etc. El argumento, o mejor dicho, el texto utilizado como justificativo es el siguiente: No se harán incisiones en la carne a causa de los muertos, ni tampoco se harán tatuajes. Yo soy el Señor” (Levítico 19,28). La palabra hebrea para referirse al tatuaje es קַעֲקַע (qaʻqăʻ) un término que sólo aparece en este versículo, lo cual dificulta su comparación e interpretación. Por otra parte, el texto se encuentra inserto en una serie de prohibiciones a prácticas cultuales de pueblos paganos.

Luego se echa mano a los textos del Apocalipsis donde se habla de la “marca” o “la imagen de la Bestia” (cf. 13,16-17; 14,9.11; 15,2; 16,2; 19,20; 20,4). En estos versículos encontramos dos palabras: γάραγμα (járagma) cuyo significado es marca, signo o sello, y sólo se utiliza en este libro. El otro término es εἰκών (eikōn) cuyo significado es imagen y del cual proviene el término español “icono”. Este último, es incluso utilizado para referirse a Cristo diciendo que es “Él es Imagen de Dios invisible” (Col 1,15).

En el Apocalipsis, ambos términos griegos siempre van acompañados de un modificador indirecto “de la bestia”; especificando así a qué tipo de marca o imagen se refieren; por lo que podemos concluir que el problema no es la marca en sí, sino lo que la misma representa.

En mi opinión, y espero no ofender a nadie, estos textos no hacen referencia al tatuaje en cuanto dibujo o marca en sí mismo (o sea, “contenedor”), sino a la realidad que remiten (el “contenido”): dioses paganos, emperadores, etc.

Un dicho popular nos enseña que “un texto fuera de contexto es sólo un pretexto” y, probablemente, este sea el caso.

Por su parte, el libro del profeta Isaías nos presenta un texto antropomórfico con características femeninas y un tanto enigmático. Ante la queja del pueblo, Dios responde como una madre dolida y le recuerda su amor de un modo muy particular: “Sión decía: El Señor me abandonó, mi Señor se ha olvidado de mí.  ¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas? ¡Pero aunque ella se olvide, yo no te olvidaré! Yo te llevo grabada en las palmas de mis manos, tus muros están siempre ante mí”. (Is 49,14-16).

Benito Marconcini, en su comentario a Isaías, dirá que Dios se dibuja sobre la palma de la mano, como un tatuaje, la ciudad, para expresar la certeza de un recuerdo continuo.[1] Dios le muestra a su pueblo que, como una madre, siempre lo tiene presente, que está siempre en su corazón, incluso más: lo lleva grabado, escrito, tatuado en su cuerpo.

Pero que Dios se presente como una “madre tatuada”, ¿no significa acaso contradecir la misma Ley que le entregó al pueblo por medio de Moisés? Si tatuarse es malo o pecaminoso, pues es la “marca de la bestia”, ¿por qué Dios usa este concepto al referirse a su amor maternal por el pueblo?

Tatuarse es querer “llevar en la piel” algo o alguien que se quiere, ama, admira, inspira. Agregándose en muchos casos el deseo que esto sea público, que se vea, que se conozca.

Muchos padres y madres se tatúan los nombres de sus hijos, queriendo así llevarlos grabados no sólo en sus corazones, sino también en su piel. Si aplicamos esto a Dios, ¿no será que Dios nos quiere “llevar en su piel”? ¿Querrá que ese signo de su amor se vea, sea público? ¿Seremos tan importantes para Dios que quiere llevar nuestros nombres adonde va? ¿Será su amor por nosotros tan “irracional” al punto de grabarse al pueblo en las palmas?

Podríamos hablar sobre los tatuajes e incisiones tribales de diferentes culturas (en Roma, conocí sacerdotes africanos que tenían las marcas de sus tribus), o analizar el significado de los diferentes tatuajes (animales, equipos de futbol, imágenes religiosas, nombres, etc); pero resultaría muy extenso. En todos estos casos, el tatuaje o marca, como cualquier otra imagen es un símbolo: remite a otra realidad que se quiere evocar, recordar o hacer presente.

Podemos entonces, en lugar de dejarnos llevar por prejuicios, ver a las mismas personas tatuadas como símbolos. Sin considerar el dibujo que vemos grabado en esa piel, recordar que así está nuestra identidad pintada, de modo indeleble, en la mano de un Dios que nunca nos olvida.

 

 


[1]B. Marconcini, El Libro de Isaías (40-66), Madrid, Editorial Ciudad Nueva, 1999, 132.

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