Ese Buzz Lightyear

 

Por Leonel Kodnia

 

 

 

 

Recomiendo leer la nota con esta canción

 

Creo que es la quinta vez que mi hijo ve Toy Story en la semana. La ve todos los días, de apoco, sin atosigarse, disfrutándola, dejándose llevar por los primeros pasos en la amistad. Y no dejo de pensar en algunas cosas interesantes. Y pienso sobre todo en esa cita exquisita que me gustaría sacar de contexto:

No los llamo siervos, porque el sirvo ignora lo que hace su señor; Yo los llamo amigos, porque les he dicho todo lo que oí de mi padre. JN 15, 15

Hace muchos años trabajaba en el mundo de los mortales, era producto de un sistema administrativo de oficinas, y servía mi señor bajo el cargo de logística de hidrocarburos. Una empresa cuyo nombre prefiero ocultar. De manera interesante, y casi social, se organizaba una vez por año un maravilloso asado en Rosario. Cuando hablo de maravilloso no exagero. El recibimiento comenzaba por una cantidad inigualable de fiambres y quesos, de la mejor y opulenta calidad. Durante la ingesta estaba disponible el tonel con las cervezas artesanales. Luego, la mesa principal, un libidinoso conjunto de achuras, costillares, vacíos, entrañas, tanto de vaca, como de cordero y lechón. La idea de organizar una comida semejante tenía como cláusula que nos conociéramos, que nos acercáramos entre nosotros. Cosa idiota, porque realmente no había ninguna distancia real, solo había roles de trabajo diferentes. La diferencia estaba en la ejecución de un puesto, no en nuestra condición como hombres, aunque eso no lo entendían. En cualquier trabajo, nunca debe confundirse el rol que se ejecuta con su material físico, con su carne, con su humanidad. Mi jefe es mi jefe, pero eso no implica que ontológicamente, es decir, en su naturaleza, sea mi jefe. La distancia entre los puestos de trabajo es solo distancia en escalafones virtuales, en organigramas de empleo, no en la vida real. Pero el sistema capitalista tiene esa innegable “eficiencia” (ironía) de hacer de la diferencia en los roles laborales una diferencia en la cuestión social, en nuestro estar en el mundo. Seguramente mi jefe no tenía ningún problema en adquirir ciertos servicios, yo sí, y mucho más los empleados cuya designación estaba por debajo, como personal de limpieza o el mozo que traía el café. Mientras mi jefe, por ejemplo, se reemplazaba los dientes por la obra social, yo los pagaba, y Aníbal, el mozo que nos traía café, portaba con dignidad los huecos. Entonces, el asado, no era más que una limosna indulgente. Un carnaval medieval, cuando todo se ponía patas para arriba, y el cura se vestía de mujer y los vagabundos almorzaban carnero, pero solo por un día, no más.

En la historia de las religiones el banquete siempre fue importante. Tenía una función más o menos similar. Fíjense que todas las celebraciones, las mayorías en el mundo occidental, se enmarcan en comidas. La ceremonia del té en oriente, la alimentación a la Pachamama, la comunión, todas comparten la ingesta. Porque comer, lo hemos dicho  es un acto de compartir, de convidar. Donde el señor, el qué dirige el festín y el que lo asiste, comparten, con-viven, el momento.

En palestina, existe una celebración culinaria muy importante: la pascua. En una de ellas particularmente,  Jeshua junta a todos lo que lo acompañaron durante su tiempo de prédica, comparte con ellos la cena y, sorpresivamente, les lava los pies. Llamativamente la tradición “sacerdotal” cristológica ha hecho de esto un gesto puramente institucional. Digamos que la acción de lavar los pies se convierte en el signo de la servidumbre, por eso todas las pascuas los curas lavan los pies. En un estado capitalista como el que tenemos significa que el jefe da limosnas a sus empleados: por ejemplo organiza un frondoso asado que paga de su bolsillo. Pero eso no es lo que diremos nosotros. Primero, la pascua es una celebración familiar. Jeshúa lo celebra con estos muchachos que el llamó hermanos. Segundo, la acción de lavar los pies, se convierte en gesto del nuevo sentir del mundo religioso semita. Tercero, Jeshúa lava los pies incluso de Judas. En estas tres condiciones, tenemos compactado todo lo que diremos después. Y creo, en qué hace que la pascua de Jeshúa sea tan particular.

En principio, decir que cualquier tipo de gesto remite a otra cosa ulterior. Es decir: el gesto de guiñar es “seguime la corriente”, el gesto de golpear la mesa “es enojo”. El gesto es un ademán, un invitar a la percepción de los sentidos del otro. Lavar los pies es un gesto en la medida que refiere a otra verdad. La verdad a la cual me refiero es que todos somos iguales. En cualquier rol, en cualquier circunstancia. Y en ese sentido, ser todos iguales, implica un conflicto. La tensión radica justamente en que somos unos y somos otros. El maestro, el que enseña, es el que sirve, y los otros los que enseñan. Lo llevo al plano social, decir que somos iguales es decir que todos tenemos los mismos derechos, no que los que sirvan sirven, como interpretó la “tradición sacerdotal cristológica”. Sino, estriba una verdad más profunda, y cruel: una ineludible fraternidad, en la cual todos somos hermanos, pero, eso nos dice la experiencia, todos los hermanos se pelean. La hermandad es conflicto. Una hermandad sin conflictos es pensar un partido de futbol sin tironeos de camiseta, o pequeños golpes. A esos que cuyos pies fueron lavados, fueron llamados hermanos.

Y esa es una verdad insoslayable que se impone por sí misma: estamos arrojados a la fraternidad. Quiera o no quiera, lo niegue o no, el otro está en el mismo horizonte que yo y no puedo hacer nada. Es decir, aunque sea mi jefe, o yo sea el de él, no hay otra cosa más que igualdad, o fraternidad, que es metafóricamente como podemos designar nuestras relaciones horizontales. Porque, ese que era el maestro, el jefe, se hizo igual a los otros, es decir, hermano, o en términos poéticos, amigos. Ya que decir amigo al enemigo, recuerden que en esa rueda de comensales estaba el que lo entregaría, es negar su condición de enemistad. Recuerdo las palabras del maestro Nietzche

Y aquí entonces llegará también la hora de la alegría, cuando diga: ¡Amigos, no hay amigos! gritó el sabio moribundo. ¡Enemigos, no hay enemigos! grito yo el loco viviente.

HUMANO, DEMASIADO HUMANO

¡Y qué razón Federico! Hay que ser loco a la luz de la razón de llamar amigo al enemigo. Y entendamos enemigo al que no soy yo, al totalmente otro, al tercero. AL enemigo de guerra, el inconciliable. Ese cuya relación es conflictiva. Y decir que no hay enemigos, no es negar la otredad, es asumir el conflicto de ser otro, y saber que tanto él como yo somos irreductibles. Qué yo como él no estamos en diferencias verticales, que yo como él somos iguales. Es levantar la mirada que prejuiciosa de los zapatos rotos y la piel oscura. Hoy muere un pibe en siria y nosotros abogamos por un aborto como si fuera una cuestión de salud pública. El feto no es un tumor, es otra cosa. Hoy muere de hambre un pibe en el chaco y nosotros debatimos si Moyano es peor criminal que Lázaro. Como decía nuestro amigo Agustín en la radio: Dios no baja como un hada madrina al estilo Disney… Nosotros somos intermediarios de la providencia.

Jeshúa nos gestualidad por el contrario, la verdad más absoluta, y quizás más llamativa de toda su prédica: ámense los unos a los otros. Los enemigos y los amigos, los Judas y los Juanes. En la pascua nos invita a celebrar la ineludible fraternidad. Nos invita a  ser filos, ser amigos. En griego Filos y filia, amigo/hermano y amor, son compatibles.  Es interesante como piensa nuestro querido Aristóteles la relación de amistad: él dice que es un término que no se puede predicar unilateralmente, es decir, yo no puedo decir: “él es mi amigo”, o “él es su amigo”, con la misma seguridad que cuando digo “ese coche es verde” o “esa es una manzana”. Porque para que la predica de amistad sea válida ambos, los amigos, los relacionados en cuestión, deben consentir que así lo es. Ambos deben vivir juntos la amistad. Por eso él dice que los amigos “con-viven” es decir, vivir juntos el ser de amigos. Cuando se es amigo de alguien es fácil decir cuales no son mis amigos, es decir todos los que no son amigos son enemigos. Ahora, difícil es decir cuales enemigos, son mis amigos.

Señor Cara de papa.

Porque bancarse al hermano de Tita que es un pesado y cuenta chistes de pedos y eructos en las fiestas, es más fácil que bancarse a los que duermen en la puerta del departamento, o los que me piden monedas cuando como en un Restaurant, o a los que me dan tarjetitas en el subte. Hay enemigos y enemigos. 

Digamos que siempre hay algún Buzz Lightyear que nos saca de nuestras lógicas. Que nos tira encima todas nuestras incapacidades. Que nos exige TOLERANCIA y RESPETO. Siempre hay algo totalmente otro que nos desbarata y nos descalabra. Ahora entiendo que Toy Story es una metáfora de las relaciones sociales.

Tiro al Blanco.

A Woody un muñeco antiguo no le queda otra que convivir con Buzz, un tipo espléndido, el mejor juguete de todos los tiempos: Lucecitas parpadeantes, alas; y el otro un muñeco de trapo. Y así con-viven, se detestan, Woody quiere eliminarlo, no lo consigue, sus compañeros lo eliminan a él, pero al final encuentran en la diferencia quienes son cada uno. Porque no hay otra forma de saber quién soy yo, si no es en contraposición con el otro.

Yo soy tu amigo  fiel, tienes problemas..yo también no hay nada que no pueda hacer por ti…

 

Seguramente todos tenemos un Buzz, incluso un Sid, dando vueltas por ahí, esperando en las sombras, aguardando en su inmutable otredad otra, para que en un acto de enloquecida donación le neguemos su condición de enemigo.  El perdón es el gesto más altruista que existe. Quizás sea buen momento de ejercitarlo.

Brindo en esta pascua por los amigos que no están, Noe en primer lugar. Y a los enemigos que les debo un perdón.

PD. Paso chivo: Muchas reflexiones como estas, algunas mías y de otros colegas, pueden encontrarse en el siguiente libro:

 

TIEMPO Y CUERPO: Religación desde la América Profunda III

Ed. Del Signo, 2017.

 

 

 

EL indice para que elijas a quién leer primero. Te recomiendo: Cómo a ti mismo. Don e ineludible fraternidad. 

 

 

 

 

 

LK

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