Et Chaos caro factum est

 

 

 

 

 

//Por Leonel Kodnia///

 

Hermoso es compartir el silencio,

más hermoso es compartir la risa

tumbado sobre el musgo a la sombra de la haya,

bajo un cielo de seda

reír alegre entre amigos

 

Amigos, Nietzsche.

 

 

Frente a una copa cuyo vientre implora el vino que se oxigena en el decanter, me detengo y me deleito en la espera; celebro la espera. La espera en un vino es crucial; un buen vino es el que se espera y el que ha esperado lo sufriente. Hoy, un Pascana 2012, de Fernando Dupont, blend de Sirhaz, merlot y malbec, 18 meses en roble aguardando paciente a los 2800 metros del Cafayate. Miro el rojo vivo y pienso en la vid que lo dio a luz; su historia entre aguaceros y sequias, vientos que esparcieron el polvillo de la tierra ocre entre los frutos inquietos, los incontables soles y lunas que amansaron sus hojas; todos los adioses que se involucraron para que la uva llegue convertida en licor a mi decantador. Pienso en las vendimias de hace milenios y  pienso en Dionisios, en su olvido y en su rescate; pienso en la memoria y en la memoria que se guarda en los aromas escondidos en la uva. Pienso en todo eso y me gravito. Pienso en el vino que obló el hijo de un Dios entre amigos; en las borras violáceas absorbidas por el último mantel que sintió las manos del Mesías, sus codos; pienso en las risas que intuían un final; pienso, mientras se oxigena el vino, en el vino que fue símbolo y germen de un rito, en la cena que fue fiesta. La “celebración” que no olvida que ella es la uva pisada de cualquier religión. Dejamos la espera para después, esperando.

Dionisios es el Dios del vino, hijo fermentado en el fémur de Zeus, ya que su madre fue destruida durante la fecundación por el rayo relampagueante del hijo de Cronos. El Dios del doble nacimiento. Su madre la tierra, su padre el rayo; él una síntesis perfecta del Cielo y la Tierra. ¿Qué habrán visto querido Dionisios al crearte? Seguramente el azul de un relámpago penetrando la tierra en el horizonte, anticipando las lluvias que auguraban tu vendimia. Viejo Dios del vino, te aseguro que eres más que eso, más incluso de lo que nos ha llegado por la historia: eres más que el tío borracho. Sin la figura de este enólogo de los teatros no sabríamos, al menos en gran parte de la representación occidental, que es Celebrar. Padre de la tragedia griega, pues las competencias teatrales se realizaban en torno a las dionisiadas.

Nietzsche considera a Dionisios el principio ctónico que fue olvidado por una racionalidad presta a sepultarlo, una racionalidad que ponderó a Apolo como el “único” Dios de las artes. Las artes apolíneas imitan lo perfecto, la armonía, lo imposible, lo paradigmático e inefable, la idea incorrupta. Dionisios es en cada expresión artística la memoria de la muerte, que al final de todo se encuentra el descenso; que las uvas se vencen, y paradójicamente nos insiste en el festejo de eso que sucede entre las dos eternidades: la vida. Porque la vida está detrás de cada cosecha, detrás de cada uva pisada está su semilla escamoteada entre las piedras y la tierra, está el devenir de la vuelta, el ciclo, el Uróbolo. Sin embargo, no nos insiste como la tía “pica-seso”: “te vas a morir, te vas a morir”; sino que por el contrario, te impulsa a que te acuerdes: “celebra la vida”. La vida es don, es gracia y festejo de algo inexplicable; y Dionisios lo sabe. Y justamente a eso se lo asocia. El Dios cuya insondable verdad es hacerle saber al hombre que muere, que al final de cuentas sus huesos serán polvo quemado hundido en el agua o en la tierra, es al mismo tiempo el susurro operante de una voz que nos instiga la celebración de la vida.

El Dios del vino representa además la tierra con todos sus relieves y huecos que desafían el horizonte; la curvosidad sinuosa donde se hospeda el musgo, la rugosidad de una corteza; por eso es también la representación de la imposibilidad de la perfección unívoca. Al contrario de Apolo, que ostenta la delineación armoniosa y “matemática” solo alcanzable a la razón,  el Dios de la vid es el comensal de lujo en las tragedias, cuyo centro temático es el Error, la pasión por ser un animal de Caos, la desmesura: el hombre que quiere librarse de lo apolíneo, de la univocidad de la materia ordenada por una razón, de su inquietante e insufrible perfección.

La vida, por lo tanto, al redundar en las peripecias del error, es imperfecta: no es continua, no es predecible, es pasional, no tiene lógica de ser. De ahí que se viva, valga la redundancia, como una fiesta. La tragedia es, a pesar de los infortunios y de sus desgarradoras muertes y decoros, un canto a la vida: a la vida que busca cometiendo errores salirse de la línea kósmica trazada por el logos de Apolo.  Yo creo, y que me disculpen los intérpretes más académicos, que la tragedia no es solo una censura a la disolución de la unidad de las polis, sino un impulso para que el hombre asuma lo que está llamado a ser: mortal. Mortalidad que implica imperfección, bestialidad, singularidad, falibilidad. Y todo esto eso es una fiesta. Toda celebración corta el tiempo en un instante para olvidar la muerte y reverenciar la vida que la sospecha gratuita en la medida que se la comprende en la relación más fundamental a la cual estamos sometidos: la donación. Celebrar es donar: nada nos obliga a participar de una celebración, ningún compromiso nos “ata” al compartir más elemental del tiempo. Donar es gratuidad, y la gratuidad no tiene otro fundamento que el no fundamento. No nos esclaviza, sino que nos invita a jugar con la libertad, a decidir. Y nosotros jugamos a que estamos libres y vivos sin otro motivo que un llano y descubierto porque sí.

Y así se nos vienen las reflexiones. En cada celebración se nos viene encima la gratuidad y el otro. Gratuidad un poco olvidad en la liturgia. Porque está última, tan cara a los letrados de la misa y los operantes de la leyes, tiene un sentido justificado en cada gesto, en cada dedo que se apoya o se yergue sobre el mantel. En la liturgia no se improvisa, se ensaya la forma más preciada para representar la idea que se esconde. Los brazos han de levantarse a la altura de los hombros, las palmas en la consagración van para abajo, las migas sobre el mantel se recogen y las purifica un acólito.  Seamos sinceros, en todas las comunidades hay pequeñas liturgias: el alimento a la Pachamama es un rito, con su liturgia intrínseca y sentidos concretos. Los Goldi en Siberia realizan sus ritos fúnebres llamados Nimgan y Kazatauri. Son celebraciones complejas y ajenas a la lógica occidental. Sin embargo, son “liturgias” pero no en el sentido eclesial del término.  No están en función de significar otras cosas que se nos escapan debido a la falencia de los sentidos, como dice el Tamtum Ergo

“Præstet fides suppleméntum Sénsuum deféctui”

algo así como 

la fe supla el defecto de nuestros sentidos”.

Por lo tanto, la liturgia, el arte de hacer misas “sacras”, insiste en eliminar los sentidos, o mejor dicho, supeditarlos a la fe, a lo invisible. El vino esconde detrás de sus fermentos la sangre en esencia, pero uva en su apariencia; el pan es carne, el cura es Cristo, el lexionario historia, el altar una mesa; y el conjunto, un sacrificio. Es una liturgia apolínea, ordenada, “cosmética” en el sentido más general: portar la apariencia de algo ordenado. Apolo detrás de los ritos y las máscaras.

Pero cuando la chola alimenta a la Pacha poniendo cosas dulces en el hueco que es la boca de la tierra; cuando el chamán Goldi intenta captar el alma del muerto que vaga por la choza; cuando el niño pende colgado en un árbol como un capullo, los sentidos ofrecen al entendimiento una razón importantísima: lo que ves es lo que está pasando. El alma debe ser capturada porque realmente está vagando, la Pacha tiene hambre, el niño saldrá de su capullo. Hemos caído bajo las redes y los cascarones del símbolo apolíneo, que somete a nuestros sentidos creando la distancia más enemiga de todas: entre lo que veo y lo que pienso. La distancia necesaria para que se entienda la liturgia cristiana: distancia entre mis sentidos y mi razón, entre el Cielo y la Tierra, entre el hombre y Dios.  Ahora, cuando el rito no anula los sentidos, cuando la liturgia es dionisíaca, es fiesta, y la fiesta es vida y la vida es gratuita. No se le debe a ningún signo racional, cada gesto es el gesto en función del mismo gesto porque sí, porque está, y es ese y no otro. Dionisio detrás de las liturgias es la fiesta que se afianza en cada respirar. Y solo cuando tomamos conciencia de este Caos de lo imperfecto en lo humano hay fiesta. Porque lo perfecto vino a visitar a los imperfecto.  

Jesús, en su último altar, en su último entrecruce de risas, no hizo más que celebrar. Celebró el efímero instante cuando todavía respiraba, el instante que se yergue entre las eternidades. El vino sobre el tablón en la taberna y las migas de un pan que se fragmenta en las túnicas. Y en la magia del compartir instituyó, no un sacerdocio, una misión, o una liturgia; sino una fiesta, que casi se ha olvidado.  Y Jesús le debe mucho a Dionisio. Le debe su acuerdo con la tierra y la pasión con la vida. ¿Padre porque me abandonas? No es un grito de Apolo u Orfeo, es un grito de la tierra hacia la tierra, un grito que clama un lazo elemental y animal: Padre no me dejes solo. La orfandad es atributo de Dios no de los hombres.

Jesús y Dionisio nacieron dos veces, se hundieron en la tierra, fueron la tierra y fueron Caos. El logos se hizo Caos y habitó entre los hombres. Qué honrado el Caos ha de haberse sentido. El logos no se hizo Kosmos, se hizo Caos, asumió el caos y fue caos en el mismo Caos de asumir lo imperfecto.

¿No es cierto que Dios haya transformado en locura la sabiduría de este mundo? Puesto que en la sabiduría de Dios, el mundo no ha conocido a Dios mediante la sabiduría, a Dios le pareció bien salvar a los creyentes por la locura de la predicación. Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: para los judíos escándalo, y para los gentiles locura. Pero para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios.  Porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres (1 Cor. 1 21-25).

El Caos fue tachado equívocamente por la lógica lineal de occidente como “no ser”, como si solo pudiera existir la substancia armoniosa del ser, como si el ser fuera kosmos. Pero se olvidan que lo opuesto a Kosmos, no es la nada, sino el Caos; no lo opuesto, sino el hermano. El Tohu wa-bohu, el To Ápeiron, eso es el estado del cual venimos. La locura es caos porque es exceso, y el exceso es don ¿Acaso no es un atentado a la fortaleza pitagórica promulgar un Dios que se hace hombre? Un Dios que por el Caos se vuelve Caos para que prevalezca el Caos. Un Dios que ha tomado la locura como parte integral de su fe. Qué insípida hemos vuelto la sal caótica, la condimentamos con la pimienta pitagórica molida con Apolo. Dios asume en la locura de un acto caótico la condición de humano. El caos de un Dios es asumir lo contrario, lo imposible en la imposibilidad misma de la acción.

La locura es Caos y el Caos es fiesta, porque es “porque sí”, porque no tiene orden ni razón de ser. La fiesta que celebra el don de que el otro haya venido sin otro compromiso que el de venir a celebrar; la fiesta que celebra que un Dios haya venido sin otra razón que el venir. Una fiesta que deja sus despojos en la madrugada, los enigmáticos rencollos de un ayer que ya ha sido. El Caos de no saber. Un dios que ha venido como amigo a habitar la amistad, que no tiene otra fuente de ser que el que la hace ser:

“¡Amigos: no hay amigos! Exclamó el sabio al morir.” Y “¡Enemigos: no hay enemigos! Exclamo yo, el necio”, dice Nietzsche.

Es la fiesta del último mantel que fue manchado por el vino del Dios hecho Caos; la fiesta que fue Caos en el último día del Dios. Y de seguro estaba Dionisios en esa fiesta, celebrando el fruto de la vid que se enrama; la parra caótica que crecía en los baldaquinos de mi abuela, que nos daba en su desorden la sombra fresca de un compartir, para recordar que somos vida y que la vida no tiene razón, y el sin razón es la locura, y la locura es Caos. Un Caos que ha venido a nacer de un vientre. Engendrado por el kosmos y pujado por una mujer en el dolor de un parto carroñero, en el sufrir de un grito profundo, con el acecho de la muerte y la fragilidad de una vida. Así vino el Dios a nacer.

Jesús: un Dios que se ha hecho Caos entre nosotros para traer Caos. Nosotros en nuestra liturgia lo recordamos en Diciembre. Que Diciembre se nos vuelva locura de un Dios amigo. Brindo con el vino perfumado por el Dios que ha nacido en la vendimia. Jeshua y Dionisios  celebran en un bar su hermandad. Levanto con el poeta el vino más alto que los montes que lo hospedaron: hacia ti va este bouquet, silencio estupefacto de la razón, para que oigas el grito de la nereida pariendo un Dios:

Ella que es más antigua que los tiempos

y está sobre los Dioses

de Occidente y de Oriente,

ahora despierta, la Naturaleza,

con un fragor de armas,

y desde el alto Éter al abismo,

por el sagrado Caos engendra,

siente de nuevo el entusiasmo

creador de toda cosa.

Hölderlin, “Como en el día de fiesta…”

L.K

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