Judit: belleza, inteligencia y valentía al servicio de la salvación

Por P. Facundo Mela fdp//

En Gaudate et exsultate n. 12, Francisco destaca “genio femenino” y expresa su deseo de “recordar a tantas mujeres desconocidas u olvidadas quienes, cada una a su modo, han sostenido y transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio”.

En estas líneas presentamos una relectura narrativa de la epopeya de Judit, una hermosa y valiente heroína que salva a su pueblo.

Aquella mañana me levanté decidida, no podía quedarme de brazos cruzados, mi gente estaba en peligro. Mirábamos aquel terrible ejército sitiando nuestra ciudad y sentíamos que tarde o temprano seríamos destruidos, aplastados por esa maquinaria militar. Luego de pensarlo un largo rato, se me ocurrió un plan.

Los ancianos me habían escuchado, pero sólo me pedían que rece por mi pueblo. Para mí, esto no era suficiente. Probablemente sus prejuicios hacia las mujeres los hacían pensar que siendo joven, viuda y hermosa, no podía más que orar y pedir la ayuda divina.

Yo sabía que no podía empuñar las armas contra ese ejército poderoso, pero ellos no sabían que yo contaba con algunas armas y estrategias, capaces de desarmar al soldado más sanguinario.

Hice mis oraciones matinales con una especial confianza en Dios, quería que fuera mi compañero y protector en la lucha que iba a emprender. Después tome un baño, me perfumé y peiné mi cabello con mucho esmero, y finalmente elegí mis mejores ropas y joyas. Le pedí a mi esclava que preparara un ánfora de vino añejado y las más exquisitas comidas. Cuando todo estuvo listo, nos encaminamos al campamento enemigo.

Los centinelas me vieron venir y noté que les causé estupor, porque les costaba hablarme, no podían dejar de mirar mis curvas y mi sonrisa. En ese momento me di cuenta que lograr mi propósito sería más fácil de lo que había pensado, sentí como la valentía me invadía y tomaba el control de mis palabras, mis movimientos, mi mirada…

Ante mi pedido me llevaron ante Holofernes, comandante de esas tropas, quien al verme quedo sin palabras. Yo sabía que este rudo soldado hacia meses que no veía una mujer y sólo estaba rodeados de hombres avezados en campañas militares; así que, mostrándome tan indefensa como me fue posible, me arrojé a sus pies, le dije que era una pobre y joven viuda que le rogaba la proteja, puesto que estaba desesperada. Su hombría y orgullo no pudieron resistir un instante, enseguida se autoproclamó mi protector y dijó que nadie osaría tocarme.

Él no me sacaba los ojos de encima, mientras probaba el vino y los alimentos; yo le sonreía, mientras jugaba con un mechón de mis cabellos. Él alabó la sabiduría de mis palabras, no porque pensara que yo fuera inteligente, para él yo sólo era una cara bonita, una presa a cazar; con sus palabras sólo buscaba conquistarme. El general ordenó que me dejen descansar en su propia tienda y me dio carta blanca para entrar y salir del campamento.

Durante unos días, Holofernes busco la manera de seducirme, pero yo me hacia la tonta, entraba en su juego, le festejaba sus chistes, sonreía ante sus halagos y piropos, alababa su fuerza, su inteligencia, su hombría, su poder, sus conquistas militares…. Si bien, el general pensaba que ya me tenía, cada vez que parecía que me atrapaba yo hábilmente me escapaba. Él se sentía un cazador a punto de acertar una presa preciada, pero, no sabía que el cazador iba a ser cazado. Yo me sentía como una de esas flores carnívoras que exponen la belleza de sus pétalos sólo para cerrar sus fauces asesinas en el insecto que pretenda abrevar en ellas.

Una noche, luego de comer con sus oficiales, me mandó llamar por medio de su eunuco. Yo acudí con un hermoso vestido y engalanada con todas mis joyas. Cuando estuve ante él, pude ver en su cara el deseo por tomarme como trofeo y comprendí que había llegado el momento que yo tanto esperaba. Me ofreció vino para embriagarme, pero el muy estúpido no se dio cuenta que yo quien lo estaba emborrachando a él. Fue así cayó bajo el efecto del vino y de mis encantos.

Sus oficiales afuera hablaban en voz baja, imaginando las proezas sexuales de su jefe, quien estaba desparramado en el piso totalmente ebrio. Espere que se fueran y al cabo de un rato, volví a orar, me sentí confiada, tomé su espada y lo decapité. Tuve que asestarle dos golpes, ya que el arma era muy pesada, pero lo logré. Luego tomé su cabeza, la puse en el canasto donde mi esclava llevaba la comida y, con el corazón galopando fuertemente en el pecho, salimos del campamento rumbo a la ciudad.

Me reuní con los ancianos y les mostré la cabeza del Holofernes. Estos no salían de su asombro, mientras alababan a Dios y a mí por haber salvado al pueblo. Aún sin terminar de asimilar todo lo ocurrido, le conté a la gente con detalles cómo había logrado mi hazaña. Al despuntar el alba colocamos la cabeza, a modo de trofeo, en la muralla de la ciudad. Los hombres de mi pueblo tomaron las armas; pues estaban envalentonados y comenzaron a gritar.

Mientras tanto en el campamento, el sirviente del general encontró su cuerpo acéfalo y se dio cuenta que yo había decapitado no sólo a su amo, sino también a su ejército. Rápidamente, la noticia corrió entre las tiendas y fueron presas del terror. “Si una simple mujer puede hacernos eso, que nos harán sus tropas” decían. Entonces, rápidamente levantaron sus carpas y escaparon como si huyeran de un demonio.

Los hombres de Betulia se abalanzaron sobre el campamento pasando a degüello a todo asirio que encontraban. Tras teñir de rojo el lugar, saquearon y repartieron un jugoso botín. Por su parte el sumo sacerdote Joaquím y los ancianos del pueblo al contemplar la obra que Dios había hecho a través mío, alabaron al Señor y me elogiaron entonando este verso: “¡Tú eres la gloria de Jerusalén, tú el gran orgullo de Israel, tú el insigne honor de nuestra raza!”

Me sentía radiante; Yo, Judit, una joven viuda había vencido a un aguerrido general y demostrado que no sólo era bella, sino también inteligente y valiente. Más aún, le había enseñado a todo el pueblo que la verdadera fuerza no está en un gran ejército con sus armas, como pensaba aquel poderoso, sino en nuestro Dios… el cual confió en mí porque no mira las apariencias, como lo hacen los hombres, sino que ve el corazón.

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