La mentira del Papa, entre la grieta y la brecha

Por Agustín Podestá //

La mentira del Papa, entre la grieta y la brecha

Carta abierta a quien quiera leer

Estimada lectora, estimado lector:

Varias veces pensé que formato darle a este escrito. Como no quería que fuera algo demasiado exclusivista, dejé de lado la idea de algo académico, y le di paso a algo más abierto. Reparé que lo mejor es una carta, porque justamente lo que quiero es hablar como ciudadano, como compatriota, como hermano que se reconoce hijo de esta hermosa Patria que hemos heredado y que proyectamos como Nación. Lo que quiero es simplemente hacer un llamado, ser una humilde voz que clama en el desierto, hacerte llegar de alguna forma mi opinión.

Me preocupa, me desalienta, me entristece la forma que tienen los medios de comunicación (y la política!) de malversar la imagen de Francisco. Y cuando pienso en los motivos se me ocurren muchos, sin embargo, como teólogo, sólo me siento en la posibilidad de dar fundamentos a uno sólo (el teológico, claro).

Desde que Francisco fuera elegido Papa, que nuestro exitismo proyectista nos ha hecho estar dependientes de su palabra, de su opinión, especialmente en un contexto tan politizado y mediatizado como el actual. Pareciera que corremos, que al menos estamos muy atentos, de lo que dice, hace o deja de decir o hacer. Personas de todo el país están más atentas que nunca a sus palabras, aún inclusive sin ser católicos.

Quizás sea por el caudillismo que todo argentino lleva adentro, aún en las esferas más “unitaristas”, que todo el tiempo le demandamos al Papa que hable sobre tal o cual problema. Cito por ejemplo situaciones conocidas públicamente con Milagro Sala, Cristina, Moreno, Vera, o, inclusive del otro “bando” Michetti, Bullrich, Macri, entre otros. El otro día, sin ir más lejos, un tal “Puma” Rodríguez (sí, ya sé quién es, lo que no sabía es que era un referente del intelectualismo internacional) y los inocentes e inmaculados “medios de comunicación” le exigían a Francisco que se expida por el conflicto en Venezuela (por cierto, lo hizo otro día también por un comunicado de la Santa Sede. La forma en que los medios de comunicación se han hecho eco de ese comunicado sólo refuerza lo que quiero decir aquí).

Por otro lado, no menor, tenemos el twitter (ese culpable de que cualquier ganso se crea periodista por “retwittear” gansadas de otro) se colma y estalla de cantidad de personas que desde su celular “arrobean” a “pontifex” demandándole explicaciones (¡¿?!).

Bien hasta aquí (o mal, como quieras). Pensaba en estos días de dónde brota esta “supuesta” “necesidad” que “supuestamente” tiene la sociedad de que Francisco hable. Después de todo, no deja de ser el Papa, o aún más, el obispo de Roma (como él mismo recordó en su primera salida al palco luego de ser elegido al cargo). Si bien su palabra tiene relevancia internacional, ya que es “cabeza” de la Iglesia Católica Apostólica Romana, me pregunto hasta qué punto verdaderamente le importa a “las mayorías” su opinión. Es decir, el Papa es Obispo de Roma, y como tal su palabra debería importar especialmente a los católicos, y, sobre todo, a aquellos católicos que se reconocen “practicantes”.

No comprendo por qué (tengo algunas teorías, pero no viene al caso) los medios de comunicación le dan tanta revuelo a su palabra sabiendo que esos “periodistas” no son, justamente, ejemplo de vida cristiana, ni hablar de católica. Me revuelve el estómago, y después me da lástima, las personas que opinan sobre “lo que Francisco” debería decir, conociendo su “no catolicismo”. El periodismo ha convencido a mucha gente (gente que nunca se interesó en la palabra del Papa) de que el obispo de Roma “tiene” que hablar, “tiene que decir” algo al respecto, etc.

La “opinión pública” (esa monstruosa masa estúpida) se preocupa por la palabra del obispo de Roma ahora, cuando en tiempos de Benedicto no la pedía. Lo que no logro entender, es por qué ahora sí. Es más, por qué ahora nos preocupamos tanto por Bergoglio, que es Papa, y no tanto por lo que decía como Arzobispo de Buenos Aires (o sí, quizás algún medio hegemónico de información compartía lo que hacía siempre y cuando le conviniera para pegarle al enemigo político del momento –porque va cambiando según intereses- del empresario que lo dirigiera).

Pero si su palabra siendo Arzobispo no era cosa de todos, por qué ahora tampoco lo es del actual Arzobispo. Me llama poderosamente la atención por qué ahora no salimos corriendo a pedir la opinión de Mario Aurelio Poli (seguro ni sabías cómo se llama) pero sí pedimos la de Francisco. Me pregunto si el día de mañana, Poli es elegido nuevo Papa y ahí sí nos va a importar su opinión. Me pregunto por qué nos interesa la opinión del obispo de Roma y no la opinión del obispo de nuestra diócesis, o del párroco del barrio, o del teólogo que se dedique a temas políticos (hay pocos, pero hay, creeme).

Soy consciente de muchas críticas que se puedan hacer hasta aquí, la mayoría en clave política y participación pública de los recién mencionados; también en orden a quién y cómo se manejan los medios de comunicación. Por eso, estimada lectora, estimado lector, prevengo en que me estoy centrando en un enfoque teológico. Lo que quiero comprender es qué lugar le damos a la opinión del Papa, como obispo de Roma, y qué opinión le damos al obispo del lugar, o las Conferencias Episcopales (como el caso de la Conferencia Episcopal de Venezuela, que continuamente ha estado plantando bandera sobre el tema, sin todavía la intervención de la Santa Sede, como sucedió el otro día), o a quienes se dedican a estos temas, etc.

Me da lástima ver cómo gente conocida, a la que respetaba por sus opiniones (¡incluso siendo no católicos o hasta anti católicos!) hoy salen a repetir esas frases hechas por los medios de comunicación de “el Papa debería decir algo”, “el Papa es populista” (como si entendieran qué significa “populista”!!), etc.

En el fondo, este llamado es a que ejercites tu libertad, ni más ni menos. Hagamos como dicen las cartas de Pablo: “examínenlo todo y quédense con lo bueno” (1Tes 5, 21). No hace falta que otro te diga lo que tenés que hacer, lo que está bien o lo que está mal. Me da la extraña sensación de que, cuando le pedimos al Papa que se pronuncie sobre algún tema, lo que estamos haciendo es renunciar a nuestra propia capacidad de comprender la situación. Sólo repetimos lo que otros gansos (conocidos anti católicos) nos han dicho que tenemos que repetir.

Es llamativo ver quiénes le demandan esa palabra. Por lo general son los políticos que no les conviene lo que pasa en el país, o también los medios de comunicación, esos históricos pero oxidados, que desde sus orígenes unitaristas siempre quisieron ver cómo la Iglesia se desmorona y cae.

Desde luego que no estoy en contra de lo que Francisco dice (¡todo lo contrario!). Me reconozco seguidor acérrimo de sus palabras, por eso mi llamado es apologético. Entonces quiero ahora, para ir terminando, volver sobre el título que elegí: “La mentira del Papa”. Es terriblemente intencional, pido disculpas pero sino no lo leías, pero lamentablemente así es como son los titulares de los diarios todos los días y vos los lees contenta/o. Con lo de mentira me refería a la malversada utilización que se hace de su palabra y su opinión.

Y, con respecto a “entre la grieta y la brecha”, me refería a que me da la sensación de que, entonces, hoy utilizamos al Papa como caballito de batalla para escucharlo o destruirlo según la intencionalidad política de la absurda pero humana grieta mantenida y crecida diariamente por ciertos medios de comunicación.

Pero hay una realidad, mucho más humana (y política!) de la que no hablamos que es la “brecha”: la brecha que existe entre los pobres y los ricos, entre los instruidos y los forzados a ignorar, entre los “avivados” y los explotados, entre los periodistas y los intelectuales, entre los políticos partidistas y la gente, entre las necesidades sectoriales y las necesidades de los excluidos, entre los que desechan y los desechados. Otrora, esa fue la brecha de la que vino a alertar Jesús, hoy es la brecha que quiere recordar Francisco, y eso, como aquella vez, molesta a unos pocos que mueven a unos muchos.

Francisco, su palabra, es Palabra para esa brecha, no para la grieta. Le guste a tus “medios” de comunicación, o no, lo siento estimadas, lo siento estimados, pero es así (si todavía no te conveciste, volvé al comienzo y lee esta carta de nuevo, pero despacio).

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