Nunca te gustó Game of thrones, ahora sólo te estás dando cuenta

Por Agustín Podestá//

La última temporada de Game of thrones (GOT) trajo aparejados muchos fanáticos decepcionados. Se escuchan teorías e interpretaciones de todo tipo, el mío trata de ser sólo un aporte desde algo mucho más profundo: el sentido. (SPOILER ALERT: No leas si no viste la serie)

Tres acontecimientos de la serie hicieron un cambio radical en mi modo de verla, tres hechos que me obligaron a repensar de qué se trataba, ante qué mensaje me encontraba: la muerte de Ned, la Boda Roja y la muerte del primer dragón.

Desde ese entonces indagué en los contenidos que sostienen a un universo, a una cosmología, a una geografía ficticia (Westeros, etc.), a sus habitantes (ni los conocemos!), a sus poblados (pocas diferencias reales entre unos y otros). Y desde allí traté de analizar a los personajes que, si bien sus particularidades, todos comparten la misma estructura de pensamiento: la posmodernidad. No es una novela escrita desde la posmodernidad, sino una traspolación del vacío existencial posmoderno a personajes en contexto fin-bajo-medievalista poco esforzado.

Agamben, filósofo contemporáneo que recomiendo verdaderamente (perdón por la extensión de la cita pero me parece reveladora), dice:

“hoy sabemos que para efectuar la destrucción de la experiencia no se necesita en absoluto de una catástrofe y que para ello basta perfectamente con la pacífica existencia cotidiana en una gran ciudad. Pues la jornada del hombre contemporáneo ya casi no contiene nada que todavía pueda traducirse en experiencia: ni la lectura del diario, (…), ni los minutos pasados al volante de un auto en un embotellamiento; tampoco el viaje a los infiernos en los trenes del subterráneo, ni la manifestación que de improvisto bloquea la calle, ni la niebla de los gases lacrimógenos que se disipa lentamente entre los edificios del centro, ni siquiera los breves disparos de un revólver retumbando en alguna parte; tampoco la cola frente a las ventanillas de una oficina o la visita al supermercado, ni los momentos eternos de muda promiscuidad con desconocidos en el ascensor o en el ómnibus. El hombre moderno vuelve a la noche a su casa extenuado por un fárrago de acontecimientos –divertidos o tediosos, insólitos o comunes, atroces o placenteros- sin que ninguno de ellos se haya convertido en experiencia

(AGAMBEN, Giorgio. “Infancia e historia”. Ed Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2015)

Es decir, la posmodernidad lleva consigo un sello imborrable: la nada de sentido. No se trata solamente de la carencia de “grandes relatos”, sino del interés genuino para no asumirlos, ni transformarlos, ni transmitirlos. Se trata, en efecto, del vaciamiento de sentido por el hecho mismo del sentido (por eso hoy se usa regalar “experiencias”, como si el acontecer diario no lo fuera de suyo).

GOT renunció desde sus orígenes a una vida con significación:

  • Carece de mitología. En efecto, el mito no queda conformado por el acontecer de los dioses en sus propias vidas, sino que ese acontecer conforma cultura e identidad a un pueblo. En GOT, los dioses son reservados desde el primer capítulo a un ritualismo vacío de contraposición entre nuevos y viejos, pero vacíos al fin de configuración real de la cultura. Son sólo instrumento de cambio de gobierno. El “Dios de la Luz”, quizás el único interesante, tuvo un solo propósito: pelearse contra otro ejército (de los muertos), objetivo pasajero y temporal.
  • Carece de religión. Los pocos sacerdotes o representantes religiosos que fueron importantes se perdían en la inutilidad del rito y el control de la moral. No hay moral que se sostenga sin significación. No se trata de moral, sino de moralinas, de ritos por los ritos mismos. O, en el otro extremo, se perdían en la magia; magia que no es sobrenatural sino antinatural, lo que la hace ajena e inútil para la vida nuestra.
  • Carece de origen y final (causa primera o última). Sin propósito originario y originante, ni objetivo final conformador de vocación plenificadora, los personajes se encuentran en la rutinariedad del oficinismo gris, que se suplanta por consumismo de metas a corto plazo (matar a este o aquel rey, resolver este o aquel conflicto, atacar a este o aquel poblado o reinado).

Todo este macro marco de vacío sin sentido lleva indefectiblemente a tener que llenarse con personajes que sean más o menos interesantes. Que lo único que puedan aportar sea continuación dinástica de una historia de antepasados que, al mejor estilo de coaching ontológico, tengan que buscar la culpa de sus propias imbecilidades en los pecados de los padres o antepasados (mito de la caverna burdamente entendido y fácilmente manejable).

Estos personajes, todos iguales en estructura de pensamiento, sólo tienen para ofrecer rutinariedad, acontecer de hechos pasajeros, zapping que va de lo poco a lo intrascendente. Para ser interesantes tienen que hacer cosas que sean sólo entretenidas (etimológicamente: “tenerte entre mentiras”), porque no hay comienzo ni final, hay sólo mero camino.

Si esperanza defrauda, si la fe está vacía, el resultado es odio, es la NADA.

Lamento ser portador de malas noticias, pero lo que hoy sentís con GOT no es bronca, porque la bronca tarde o temprano se va. Yo también estuve ahí después de la muerte de Ned, después de la Boda Roja, después de la muerte del primer dragón.

Lo que hoy sentís es decepción. Creíamos que había luz al final del camino, creíamos que GOT escondía sentido, significación, y sólo nos encontramos con la nada.

La nada duele, porque el vacío de sentido posmoderno duele mucho…

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