Pedro Ignacio de Castro Barros, un teólogo político

Por Agustín Podestá // 

Resulta llamativo cómo es posible que un personaje tan importante del proceso independentista de nuestra patria sea tan poco conocido. Valga la evidencia de que no muchos comprenden la ironía de que la estación de subte de la línea “A” de la Ciudad de Buenos Aires, que lleva por nombre los apellidos del sacerdote Pedro Ignacio, se encuentre en la intersección de la Av. Rivadavia y la calle Castro Barros.

Breve resumen biográfico

Nacido en un humilde hogar del poblado de Chuquis, en La Rioja, en 1777, estudió primero en Santiago del Estero y luego en Córdoba gracias a una beca otorgada por su sobresaliente desempeño. Cursó los estudios de Filosofía, luego se doctoró en Teología, fue ordenado sacerdote para la diócesis de Córdoba del Tucumán y luego estudió Derecho civil. Fue profesor en la Universidad de Córdoba y alcanzó el cargo de rector. Promovió la educación, la imprenta, la tarea pastoral.

Pero fueron sus intervenciones y acciones políticas las que lo destacaron como un auténtico patriota. En efecto, fue diputado por La Rioja en la Asamblea del año XIII y lo fue también en el Congreso de Tucumán, incluyéndose entre la comitiva trasladada luego a Buenos Aires. Entabló relaciones positivas y generó huellas importantes en muchos de los actores principales de la gesta emancipadora, independientemente de cuáles fueran sus orientaciones políticas (entre ellos se cuentan Quiroga, Güemes, el general Paz, etc.).

En 1831 tuvo que exiliarse al Uruguay, podemos sostener que fue debido a incomprensiones por su actuar político “a-partidista”. Finalmente, en 1841 se trasladó a Chile sin poder regresar a su país natal, falleciendo en 1849, luego de haber entablado profundas amistades en ambos países. Habrá sido su personalidad apasionada, su inteligencia sagaz o su actitud de servicio político desde su lugar de pastor lo que le valió no pocos problemas.

En el Congreso de Tucumán

El compromiso y la actuación pública política de Castro Barros eran ya conocidos. No sólo por su participación en la Asamblea del XIII, sino también por diferentes hechos tanto en Córdoba, como en La Rioja, y en diversas misiones al norte en los contextos bélicos que se iban sucediendo. En 1815, con ocasión del quinto aniversario de la Revolución de Mayo, pronunció en Tucumán su célebre Oración Patriótica (recomendamos ampliamente su lectura). El objetivo principal del discurso, en un contexto general desalentador, será explicar la legitimidad y la justicia de la causa emancipadora y la exhortación a sostener la libertad de cara a la independencia. Las interpretaciones bíblicas y los argumentos teológicos son puestos al servicio de los conflictos que vivía la naciente nación.

A comienzos de 1816 se encuentra instalado en Tucumán en espera al Congreso. La importancia de su participación queda atestiguada no sólo por su actuación sino por el apoyo con el que contaba entre los mismos congresales. De hecho, fue escogido como presidente del Congreso en dos oportunidades, en una de ellas actuó como encargado de tomarle juramento al Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón.

El 9 de Julio no lo encontró como presidente del Congreso pero sí ciertamente como uno de los loables firmantes del Acta que declaraba expresamente la voluntad de independencia respecto a la Metrópoli. Castro Barros mismo fue quien presidió esos días los agradecimientos a Dios por la gesta, en oraciones y en celebraciones litúrgicas.

Nos detendremos ahora en el debate sobre la forma de gobierno que se debía adaptar. Furlong, en su obra “Castro Barros: su actuación”, recuerda que la casi totalidad de los participantes en el Congreso eran promonarquistas, como lo eran la totalidad de los próceres entre 1810 y 1820, entre ellos: Belgrano, San Martín, Rivadavia, Pueyrredón, Funes, etc. Sólo fueron excepción y se mostraron desfavorables a la idea Pazos Silva, Dorrego y Manuel Moreno. Dejamos aparte el aporte de Santa María de Oro al que ya hemos hecho mención al comienzo. Por otro lado, la mentalidad “monarquista” de los actores de la emancipación nos llevaría todo un apartado para el que no tenemos el tiempo suficiente. Queremos, antes bien, comprender cuál fue la posición de Castro Barros.

Digamos entonces, que él se mostró favorable a que se adaptara como forma de gobierno una monarquía constitucional ya que, según creía, era la que había legado el mismo Jesucristo ya que era la que más representaba y concedía libertad a la Iglesia. Sin embargo, en honor a la verdad, debemos contrastar su opinión en el Congreso con la totalidad de su pensamiento. Diremos rápidamente que el sacerdote riojano nunca reconoció a ninguna forma de gobierno como única posible, ya que su mayor preocupación siempre fue que, más allá de cuál sea la elegida, lo que debe quedar garantizado es la mutua cooperación y mutua libertad tanto del Estado como de la Iglesia. De hecho, en su “Dedicatoria a la Patria”, publicada en 1835 sostiene: “Por tanto, yo pregono, a la faz de todo el mundo, que no he sido, ni soy, ni seré jamás monarquista, unitario ni federal, sino solo patriota constitucional católico romano, bajo la forma de gobierno que dictare y promulgare la mayoría de nuestros pueblos por sí mismos, o por el órgano de sus representantes.”

Pero mucho más importante texto, que quizás peca de tardío para el momento que queremos analizar, contamos con la ya mencionada Oración Patriótica que promulgó en 1815. En ella leemos: “Los hombres cristianos tenemos sobre la tierra dos madres comunes muy benéficas en cuyos pechos, (…) mamamos la leche de los bienes temporales y espirituales, por los cuales nos disponemos y merecemos los eternos. Estas son la Patria y la Iglesia. De ellas, la primera es la sociedad o consagración de los hombres libres con el objeto de amarse y auxiliarse recíprocamente en sus necesidades bajo ciertas leyes y orden, cuya cabeza es el supremo gobierno legislativo, judiciario y ejecutivo, que se establece a voluntad de los ciudadanos, sea monárquico, aristocrático o democrático. Así como la segunda es la congregación de los fieles cristianos con el fin de socorrerse espiritualmente bajo la profesión de una misma fe, comunión de unos mismos sacramentos y sujeción a unos legítimos pastores, cuya cabeza es el Sumo Pontífice de Roma, vicario de Jesucristo en la tierra

La Patria y la Iglesia son los dos pilares que sostienen a la sociedad. Esto pareciera traer recuerdos a “cesaropapismo” si no conociéramos el pensamiento de Castro Barros en tanto defiende la plena libertad cooperativa entre ambas, sin ahogamiento de una sobre la otra. Lo cierto es que los “hombres cristianos” (o “ciudadanos” en su discurso) necesitan del auxilio de ambas porque ellas proveen los bienes necesarios (materiales y espirituales), de hecho la metáfora es “como dos madres” que amamantan al mismo bebé.

Consideramos que quedan despejadas las dudas sobre su apoyo al “monarquismo” en el Congreso de Tucumán. No es su interés la monarquía en sí, sino que más allá de cuál sea la forma de gobierno, ésta debe garantizar los bienes materiales; y, aún más, aclara que debe estar regulada por el ejercicio de los tres poderes (ejecutivo, legislativo y judicial), no menor aporte.

Últimas reflexiones

Entre los discursos fúnebres que le rindieron homenaje en Chile, Fray Aracena, quien lo trató íntimamente los últimos años de su vida, se aventuró en sostener que Castro Barros fue “el primer teólogo Sudamericano”. La calificación llama la atención, sobre todo sabiendo que él no se dedicó específicamente a la producción escrita de tratados teológicos de cuño dogmático o, siquiera, sistemático. Por el contrario, sus escritos deben ser siempre leídos en el contexto en que fueron escritos, ya que han sido pensados para leer e iluminar los acontecimientos del momento. La teología de Castro Barros es profética, encarnada, comprometida, es teología y es política.

Para concluir, tomamos prestada la comparación que hace Furlong de Castro Barros con José de San Martín. Sostiene que lo importante en la vida del sacerdote riojano no fue ni ser unitario o federal, ni republicano o monárquico, sino que su mente y su corazón sólo estaban llenos de ideales más trascendentales. Al igual que San Martín, ambos se elevaron alto mirando en una sola dirección, mirando un solo objetivo: la libertad.

 

Este artículo fue publicado en Revista Pastoral N° 355, Octubre 2016 (http://www.sanpablo.com.ar/vidapastoral/revista.php?edicion=355) 

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